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El amor en los tiempos del WhatsApp y un Indiana Jones destartalado

Por MJLetrada 10 meses hace

Reconozco que sólo la primera vez fue pura casualidad el hecho de que aquellas jóvenes a las que yo doblaba la edad se sentaran junto a mi en la cafetería aneja al servicio de urgencias del hospital Virgen de la Victoria, también llamado Hospital Clínico. Por entonces mi padre llevaba ya varios días ingresado tras haber superado una grave crisis cardiaca.

No me equivoco en afirmar que este reducto tiene más afluencia que la pequeña capilla que está ubicada cerca de urgencias, tengo la percepción de que la gente más que buscar un remanso de paz busca un lugar bullicioso que le recuerde que aún hay vida o que aún ellos están llenos de ésta.

Allí, las risas, los llantos y los quebrantos comparten el espacio por mitades indivisas.

Al principio, bajaba a la cafetería por inercia, por pura distracción unas veces, otras, para tomar un tentempié, pero más tarde la razón por la que bajaba no era otra que buscar la compañía de aquellas dos jóvenes pizpiretas.

Necesitaba un espacio para risas, así que agradecí que se sentaran a mi lado, estaba cansada de stern, bypass, dai y cualquier cosa que me recordara donde estaba.

¿Qué dices que te ha dicho? –reclamaba exigente la que entendí se llamaba Carmen.

Tontadas, me pone fotos de donde está –contestó la que portaba el iphone-.

Eso ya lo he visto, te digo que ¿¡¡¡qué te diceeeeee!!!!?

Gema sonreía divertida a la par que le hacía muecas a Carmen, en un alarde de prolongar el misterio.

Vaaaaale, me dice que ojalá estuviera allí, y poco más. ¿Tú crees que le gusto? 

Carmen la miró de soslayo y le contestó con los ojos muy abiertos un “yo qué sé, ese tío es un memo, un imprudente”.

No pude oír nada mas porque justo en ese momento recibí una llamada del Procurador, recordándome que me quedaban escasos días para contestar una demanda en la que a mi cliente, una Comunidad de Propietarios, se le exigía una cantidad importante en concepto de responsabilidad civil extracontractual. El actor en cuestión, persona de avanzada edad, y movilidad reducida, basaba su reclamación en la caída sufrida en un pasaje de acceso a la playa, cuya propiedad imputaba a mi cliente, argumentando el mal estado de las instalaciones, causa eficiente del testarazo que sufrió. 

La rampa en cuestión, y donde se produjo la caía, era de una notable inclinación y se encontraba al inicio del camino que llevaba a la playa y que atravesaba todo el conjunto de la Comunidad de Propietarios. A todas luces era evidente el carácter público y no privado de la instalación, lo que pude comprobar tras la oportuna certificación catastral y hojear la escritura de división horizontal del conjunto inmobiliario. También pude observar que la finalidad de aquella rampa, existente al inicio de aquel acceso, no era otra que servir para la circulación de vehículos, dada la existencia de garajes en los aledaños y de locales comerciales.

 

 A la tarde del día siguiente y a las que vinieron después, sin excepción, hacía por encontrármelas.

Sacaba mi portátil, el expediente y apuraba el café hasta que salían a fumar. La conversación que mantenían era prácticamente un patrón definido. Gema se mostraba ciclotímica, pasaba de la risa al llanto con la misma facilidad que un crío caprichoso y Carmen soportaba impenitente el estado de ánimo de su amiga, hasta que volvía a adoptar aquella actitud mezcla de disgusto, contrariedad y atribulación.

Te he dicho que es un insensato y tú pareces tonta. Tú no puedes estar pendiente del móvil, de si llama, si te escribe, tíiiiiiia, que eres muy mayor ya, estás peor que mi hermana Carla. A ver, ¿no te dije ayer que tiene novia? Está jugando al despiste contigo, y tú eres una tía lista, joder ya!!! –Carmen no hacía nada por disimular su enfado y aun así y todo, más me pareció que más que molesta lo que translucía aquella admonición no era más que pesadumbre-.

No sé qué hacer, quizás es verdad que juega a lo que dices, pero me gusta hablar con él y a él le gusta hablar conmigo. ¿Crees que eso le hace daño a Dino? – se hizo un silencio que interrumpió la propia Gema, quien bajando la mirada a Carmen siguió… – Bueno, a Dino creo que no, ojos que no ven, corazón que no sienten, llevas razón, me lo hace a mi, que ya no sé si está bien y cómo parar esto.

Tras ese pequeño discurso, que no terminó de manera inteligible, empezó a realizar unos pequeñitos movimientos involuntarios con el tórax, de lo que deduje estaba llorando.

En ese momento, Carmen pareció cambiar de actitud y en un tono meloso la conminó a salir a fumar un pitillo. No volvieron, así que me adentré de lleno en mi contestación.

 

El perito había hecho un estudio pormenorizado del estado del pasaje, pero no vi por ningún lado que hubiese unido al informe la nota simple o la certificación registral del mismo, antes al contrario, lo que había unido era una nota descriptiva y gráfica del catastro que se correspondía con uno de los locales del conjunto.

Legitimación pasiva ad causam aparte (lo que en palabras entendibles, capacidad de soportar la pretensión que contra uno se deduce por ser titular de la relación jurídica que la fundamenta), lo cierto es que para acceder al paseo marítimo desde donde se hospedaba quien ya definitivamente apodé Indiana Jones (por recomendación de mi querida Carmen Carbonell), no sólo disponía de aquel paso, sino de otros mucho menos arriesgados, con menor pendiente o inclinación escasa, aunque el perito se empecinara en lo atractivo del elegido.

Y si bien parecía sustentar la acción el estado descuidado de aquella travesía y su mala configuración urbanística, no era menos cierto que aquel pasaje no estaba destinado a ser acceso natural a la playa, sino más bien su finalidad era otra, servir de entrada y salida de vehículos a los locales comerciales y garajes y permitir la entrada a los suministradores o vehículos de emergencia, en todo caso.

El actor parecía pretender erigir el riesgo como único criterio de imputación de la responsabilidad, como si la Comunidad que yo representara actuara en el tráfico jurídico desempeñando alguna actividad arriesgada. Se estaba olvidando que, con base en el precepto citado, artículo 1902 del Código civil, era preciso probar la existencia de una acción negligente o culposa, el daño y la relación de causalidad entre la primera y el resultado producido.

El vejigazo sufrido estaba más que acreditado. El pobre hombre había pegado tal costalazo que necesitó la ayuda de terceros, quienes les prestaron los primeros auxilios y llamaron a los servicios de emergencias. Pero, ¿y la relación de causalidad? ¿Podríamos decir que, en esa relación causal, no fue sino su propia asunción del riesgo, su propia temeridad, lo que provocó que llegara al final de aquella sublime rampa como en los anuncios de BMW, de 0 a 100 en pocos segundos? Y todo ello con independencia, insisto, de quién fuera titular de aquel espacio urbanístico donde tuvo lugar aquél fatal desenlace.

 

 Al día siguiente, a la misma hora, volví a la cafetería. Y allí estaban ambas, hablando, esta vez, en un tono afectado y sigiloso.

Saqué el portátil y el expediente de forma distraída y empecé a poner oído. Esta vez hablaba Gema, había decidido poner fin a aquella locura, según decía. Carmen asentía sin convicción. La otra insistía en que ya no participaba en grupos y que había quitado “datos”. Yo ignoraba qué era eso de quitar datos.

Carmen contestó con rabia: -“es un cobarde acomodado, no te dirá nunca qué siente y tú estás fatal. Así no puedes seguir, esto es una tontada y ya no tienes edad de tontadas, coño ya!, no tienes por qué quitar datos, tienes que quitártelo de la cabeza!!!”.

A punto estuve de levantarme para mostrar mi conformidad con Carmen, más que nada por solidaridad femenina, en que lo mejor era plantar cara, que ese chaval parecía dar largas cambiadas, pero la sensatez me lo impidió.

Carmen masculló cuatro o cinco frases más y la empujó a la salida a fumar un cigarro.

Las vi por el ventanal, Carmen hablaba, Gema movía la cabeza de arriba abajo con aquiescencia, conteniendo las lágrimas entre calada y calada de Nobel.

Sufrí la tentación de fumar yo también uno y unirme a aquella charla que, a buen seguro, era más interesante que la doctrina del Tribunal Supremo sobre responsabilidad civil extracontractual y la Ley Hipotecaria sobre el principio de legalidad y legitimación registral.

 Pasaron varios días y no las vi.

Comencé a experimentar cierta desazón por saber el desenlace de aquella historia de amor vía whatsapp.

Al cuarto día me adentré sin convicción en la cafetería y me senté junto al ventanal, al final de la estancia. Ya no llevaba portátil ni tampoco el expediente. Tan solo me acompañaban una nube –en Málaga es un café con leche,  largo de leche y cortísimo de café- y mi móvil.  La Audiencia Previa del destartalado Indiana Jones me la habían convocado a un mes vista.

Cuando las vi aparecer mi corazón se desbocó de curiosidad. Se sentaron donde preví que lo harían y entonces Gema comenzó a hablar…

 Ya está hecho… Lo dijo con la resignación que deja la derrota.

Carmen le preguntó: “¿cómo que ya está hecho, hecho el qué, chatilla?”

Que no volveré a hablar con él. Ayer le dije que me dejara en paz, que era un tonto, que no se enteraba de nada.

Carmen abrió los ojos como platos, incrédula ante aquél arrojo de valentía.

 Peeeeroo, ¿hubo contestación?

 Sí, Carmen, hubo contestación. La sé de memoria: “te lo prometo, haré como me pides” – y fingió dominar la situación, aunque quise ver un par de lágrimas rodar y rodar como dice la canción.

No pude oír más, porque en ese momento se adentró de sopetón mi hermana en la cafetería, dirigiéndose a mi, gesticulando y dando largas zancadas, portaba una sonrisa de sandía, a mi padre le daban el alta al día siguiente.  

Salí de allí con el convencimiento de que no volvería a verlas, la tarde del día siguiente estaríamos en casa. Sin embargo, no fue así, algo se conjuró, supongo, para que no fuera así, pues hubo una confusión en la fecha del alta, no sería ese jueves, sino el viernes, bendito viernes. 

Bajé a la cafetería, a la misma hora, en el mismo sitio, pero no las encontré. En su lugar, y en aquella inmaculada mesa, alguien había dejado un azucarillo abierto que no habían retirado…

 “Si dos personas están destinadas a estar juntas, se encontrarán al final del camino aun tras mil tropiezos”.

 A lo lejos, la camarera, que solía retirar los servicios del restaurante, me lanzó un guiño…, pero eso, eso es otra historia.

 

 

 

 

 

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