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La compensación de créditos, según Sergio Cárdenas.

Por MJLetrada 5 meses hace

Sergio Cárdenas Benítez, conocido en el submundo del lumpen como “el leñas” era un joven rebelde, de espíritu sumamente impulsivo, con reacciones emocionales desproporcionadas, por utilizar un eufemismo.

Se había ganado a pulso el apodo, pues cualquier discusión, controversia, o estímulo que lo contrariase terminaba desencadenando una reacción violenta por parte de aquél.

Contaba ya en su tierna adolescencia con múltiples procedimientos abiertos en los Juzgados de Menores de la capital y en todos se hacía constar el abuso en el consumo de alcohol, tóxicos, su carácter violento y agresivo y su poca o nula empatía. Pese a tener pleno conocimiento de las normas socialmente más adaptativas, no le importaba un bledo las consecuencias negativas que sufriera la víctima de una de sus transgresiones. Actuaba impulsivamente, con una ausencia plena de autocontrol.

Entre sus antecedentes contaban varios delitos de lesiones, robos violentos, lesiones en riña tumultuaria y atentado a agentes de la autoridad.

En su historial familiar, como pude apreciar entonces, se describía ya una dilatada trayectoria de conflictos entre sus progenitores que había deteriorado la relación familiar hasta el punto de que la actitud celosa del padre respecto a la madre y los continuos malos tratos a los que se veía sometida culminaron con una agresión por parte de Sergio hacia su padre, que le causaron contusiones faciales múltiples con fractura en el seno maxilar superior derecho, fractura de piezas dentales y heridas en labios, mano y abdomen. Tras aquella paliza, nunca más se supo de aquél.

Podía decir sin temor a equivocarme que Sergio, pese a su carácter explosivo y pese a su absoluto desprecio por el cumplimiento de norma alguna, incluso la intrafamiliar que la madre intentaba imponerle sin éxito, veneraba a aquélla, aun y a pesar de no aceptar imposiciones de nadie, sólo con la madre no reaccionaba desproporcionadamente ante la insistencia de aquélla de corregir su temperamento.

La primera vez que lo asistí fue sobre el verano de 2012, se había abierto juicio oral contra él por un delito de lesiones. Según el informe del Ministerio Fiscal, Sergio se enzarzó en una discusión con un tal Lázaro con ocasión de no permitirle la entrada en un garito por llevar zapatillas, que finalizó en una brutal paliza a resultas de la cual le causó a aquél policontusiones, erosión en región frontal izquierda y ala nasal derecha, escoriaciones leves en ambos miembros superiores, tumefacción a nivel del quinto metacarpiano de la mano derecha, traumatismo craneoencefálico leve, heridas superficiales en tórax, herida penetrante en cuello y herida penetrante subescapular izquierda.

Alcanzamos una conformidad con el Ministerio Fiscal, suspendiéndose la pena al comprometerse al abono de la responsabilidad civil que, lógicamente, abonó su madre en meses interminables y con gran sacrificio por su parte y benevolencia por el perjudicado.

No supe más de Sergio ni de su madre, no hasta hace aproximadamente un año. Regresaba de la ciudad de la Justicia tras logar que, respecto a un menor que no había respetado las pautas de la libertad vigilada por circunstancias que no vienen al caso, no le fuese modificada la medida.

Llegaba exhausta, con ganas de desparramarme en el sofá de casa y olvidarme de todo, cuando, al frenar en un ceda al paso, una señora con dificultades para deambular me hacía señas con un bastón. Iba cargada de bolsas de comida y, en un principio, pensé que se había equivocado al ser mi vehículo de un blanco níveo. Pero no, al bajar la ventanilla de la puerta izquierda de mi vehículo le quise expresar que no era de servicio público pero no me dejó hablar…

-Hija, ¿podrías acercarme a mi casa? Vengo de Cáritas y no puedo subir a casa, como ves estoy impedida y no puedo pagar un taxi ni tengo a nadie que me lleve.

En esa tesitura, obviamente recordaba las advertencias que de forma constante e impenitente me ha hecho mi madre en la vida y que yo, curiosamente, con el devenir de los años, le estoy haciendo a mi hija. Pero saltándome al albur las mismas, dejé que se subiera a mi coche y la llevé a su casa.

Durante el trayecto, la pobre mujer no dejó de relatar lo mal que la había tratado la vida, de su soledad, que solapaba con su hijo quien, siendo de naturaleza buena y noble, se había dejado atrapar por un carácter indómito, rebelde y violento, pero que, en realidad, nadie sabía entender.

Yo que por natural soy curiosa, fui engranando las piezas de aquel rompecabezas que relataba hasta llegar a la conclusión de que Mercedes era la madre de Sergio, hecho que corroboré al ayudarla a bajar del vehículo.

El hijo la estaba esperando a pie de calle y ambos nos miramos, yo más sorprendida que él, pensando en ese instante que no me había reconocido.

-Mamá, te tengo dicho que no te metas en vehículos de nadie, que cualquier día te dan un susto.

Mercedes se echó a reír con complacencia por la reprimenda del hijo al que correspondió de modo condescendiente para no contrariarlo…

A escasas tres semanas de mi encuentro con Sergio del que, obviamente juraba y perjuraba no se percató de quien era yo, me encontraba sobre las 23 horas de un viernes sacando dinero de un cajero que está a pocos pasos de casa. Sentí una sombra a mi espalda, pero me imaginé que era otro incauto como yo que necesitaba dinero para el fin de semana. Sin embargo el objeto punzante que sentí en las lumbares me despejó las dudas.

-Pija, no te muevas o te coso. Dame la pasta.

Me volví tan lentamente con el dinero en la mano que cada movimiento de la cadera lo visualicé como en una película lenta, flexo-extensión, abducción-aducción y rotación.

-Hostia puta, usté otra vé. Está en tos laos como las cagá de perro!!!!

Recogió la navaja y marchándose lentamente de mi lado, a unos diez pasos y como diría Sabina, haciendo un exceso, en lugar de tirarme dos besos, uno por mejilla, me giñó el ojo derecho llevándose dedo índice y corazón a la sien derecha bramando con ironía y sarcasmo:

-“Estamos en paz, abogá”

Nunca, nunca, hemos de subir a un coche con extraños, como tampoco llevar a extraños con nosotros (menuda cantinela me echó mi querida Carmen Carbonell), pero, a veces, en contadas ocasiones, una decisión equivocada o desacertada te puede llevar a un destino inesperado, pero eso, como saben, es otra historia.

 

Nota: la imagen de la entrada de la señora es de @arturyeti vía unsplash, a quien agradezco en gordo su generosidad.

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