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“No basta con satisfacer a los clientes, ahora hay que dejarlos encantados”

, Philip Kotler

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La ruptura de Paco y Charitrini, las nuevas tecnologías y la rotura de un himen.

4 abril, 2019
Mi abuela solía decirme que hoy los matrimonios no se aguantan nada. Era una mujer muy creyente, aunque a mí más bien me parecía que estando en el ocaso de su vida tenía necesidad de creer. Solía compartir mis inquietudes con ella, pues tenía un sentido común intacto, aunque su cuerpo no le obedecía. Según el médico, el cuerpo tenía fecha de caducidad y el suyo estaba ya muy cascado. Yo entonces tenía el despacho junto a su domicilio, éramos vecinas y, casi siempre, manteníamos las puertas abiertas más que nada para que ella supiera que estaba allí. Solía interesarse por cuanto sucedía a su alrededor. Yo me nutría de su experiencia de vida y ella de mi inocencia al enfrentarme con mi quehacer diario en el despacho. Con frecuencia me arengaba sobre el honor que representaba la toga y el respeto a los demás. Lo que más le preocupaba es que en mi acometido diario pudiera hacer un daño intencionado a las personas que confiaban en mí. Eso, decía, era algo que era imperdonable, quebrantar la confianza de los demás. -“Niña, un espejo, cuando se rompe en pedazos, lo puedes recomponer, pero al mirarte, siempre verás esas grietas. Eso representa la conciencia”. Era un tanto Calderoniana. Creo que en eso he salido a ella. Pero no se equivoquen, no es que pensara que lo que Dios ha unido no ha de separarlo el hombre. No. Sino que, veía con bastante escepticismo la razón por la que la gente decidía cesar su vida en común. Cuando yo le argumentaba que en la mayoría de las ocasiones podía deberse a un bache económico se reía más. -“¿Bache económico?, qué sabrán esos infelices lo que es un bache económico. Cuando tu abuelo y yo nos vinimos a Málaga apenas teníamos para dar de comer a tus tíos y a tu padre. Vivíamos en una casa que a menudo había que decorar con cubos porque había más agua dentro que fuera. ¿Sabrán esos lo que es tener que poner a tus niñas a servir con siete años? ¿Y las cartillas de racionamiento? Antes no había ayudas sociales, ni comedores de ésos. Si ni las monjas tenían nada que ofrecer, salvo el consuelo… Tonterías, tonterías…” Peor era cuando le argumentaba que se habían dejado de querer como marido y mujer. Creo que ahí es cuando más chocábamos. -“Pero niña, tú crees que yo he estado enamorada de tu abuelo?” Yo ponía cara de pócker… -“Abuela, tener siete hijos, al menos, presupone que sí”. -“Tonterías, el amor está sobredimensionado. Cuando tú decidas casarte busca un compañero, alguien con quien compartir tu vida. Que te respete, con el que te complementes y tengas un fin común”. Ahí es cuando en realidad la sacaba de quicio. Yo era más de Jane Austin y ella de un pragmatismo que apabullaba. -“Abuela, eso que tú dices lo tengo con un perro”. -“Zarandajas, el amor no trae más que problemas, niña”. La cosa subía de tono cuando le recordaba la
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In memoriam

14 febrero, 2019
“El Señor es mi pastor; nada me falta. En verdes praderas me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos; has vertido perfume en mi cabeza, y has llenado mi copa a rebosar. Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré”. Salmo 23,2-3.   En memoria de un belga en apuros que conquistó el corazón de esta humilde servidora, abogada de pueblo y de causas perdidas.     Los clientes en un despacho vienen y van. Sin embargo, a otros los adoptas como parte de tu familia. Tienen tanta confianza en ti que, en cuanto les surge cualquier contingencia adversa, por minúscula y trivial que sea, te preguntan, te consultan cual confesor espiritual. Ese fue el caso de Jean Pierre, con el que seguí manteniendo el contacto tras los años. Y créanme que era un caso especial, porque siendo como era desconfiado por naturaleza, valoraba más si aún cabía ese acto de fe que siempre hacía conmigo y que le acompañó hasta el final. Hablaba de la tierra como un auténtico irlandés, por ella trabajaba y luchaba, porque pensaba, como también lo hacía el Sr. O´Hara, que la tierra es lo único que perdura. De ahí que, tras el fallecimiento de su esposa, la única preocupación que le azotaba sin descanso era el destino de aquel trozo de terreno por el que tanto había luchado. De su matrimonio había habido descendencia, una hija, a la que nunca tuvo el placer de conocer porque apenas les visitaba. Ignoro qué pudo ocurrir entre ellos para que aquélla no mantuviera lazos afectivos algunos, porque Jean Pierre era bastante introvertido en ese tema. Sin embargo, tras la muerte de su esposa sí me dejó claro que a su hija no le importaba un pimiento aquellas tierras ni la casa que con sus manos levantó. Que sólo muy de cuando en cuando les visitaba, pero siempre movida por pretensiones ajenas a echarles en falta o por añoranza, sino crematísticas. Lo decía con cierto dolor, sin un deje de ironía. -Letgggada… (nunca me llamó por mi nombre, ahora que caigo, pero no por ello al pronunciar esa palabra dejé de notar afecto, respeto y mucho cariño) qué puedo hacegg? Acudía abatido, derrotado por los acontecimientos inesperados. Siempre pensó que se marcharía antes que su esposa y no encajó bien con Dios aquella ironía del destino. No sabía ciertamente si con ese “qué puedo hacer“ se refería a la soledad en la que le había dejado la ausencia de su mujer o, más bien, su cuita iba dirigida al campo de lo pragmático, a la apertura de la sucesión, si es que había

La detención del Rey Baltazá

21 diciembre, 2018
-“Este es el servicio automático del servicio de guardias y asistencia a detenidos. Se ha intentado contactar con su teléfono a las 05.35 del día 04/01/2017. Le rogamos que se ponga en contacto con Policía, Brigada de Extranjería y Fronteras del Aeropuerto de Málaga”- sonó una alocución en medio de la madrugada. Debía de ser un error, porque no recordaba que estuviera de guardia ese día, así que eché mano del ordenador, de la tarjeta criptográfica, del lector y, voilá, no estaba de guardia. No obstante, desvelada por el error, contacté con el aeropuerto para notificar que el programa había cursado una solicitud a un Letrado que no era el designado para la guardia. -“Aquí extranjeros, al habla el inspector Cursac… No, no está usted de guardia, ha sido designada expresamente por el extranjero que está aquí retenido. Dice llamarse Baltazá, desconocemos nacionalidad, ha sido interceptado en el control de frontera al portar en la maleta un objeto con una sustancia viscosa desconocida que ha sido entregada a policía científica para su identificación, análisis y pesaje. Estamos preparando el atestado, procederemos a incoar expediente de iniciación del procedimiento preferente de expulsión e interesaremos como medida cautelar el internamiento en un CIE… No, no, no acredita domicilio fijo o estable conocido en España, no, tampoco arraigo. Alega, eso sí, una causa excepcional a tener en cuenta que permita valorar otra consideración diferente a la expulsión, sí, pero eso ya lo tratamos cuando usted se persone, Letrada”. Esto último lo dijo con cierto retintín, que me pareció hiriente e innecesario en esos momentos. Mi sistema nervioso no estaba preparado a esas horas de la madrugada para procesar información alguna, era incapaz de elaborar una respuesta motora y mental adecuada, así que me limité a decir que estaría allí lo más pronto posible. Estaba claro que la acción de la “sinapsis neuronal” en la transmisión de la información en mi caso era de inhibición, pues estaba totalmente bloqueada. Es más, no tenía almacenado en mi sistema nervioso información alguna del tal Baltazá, porque al único que yo recordaba en esos momentos era a un Rey negro, al que solía escribirle todos los años… Baltazá usaba una vestimenta algo peculiar, parecía sacado de la modista Sara Luque; llevaba un traje de seda color mandarina con tiras bordadas en dorado y una capa damasco en color marfil y capelina blanca. Habría jurado allí mismo que el personaje en cuestión no era ni más ni menos que un actor contratado por la Concejalía de Fiestas y el presidente de la Agrupación de Cofradías de Málaga para salir en cabalgata, pero la cara  avinagrada del instructor no me dio pie a hacer derecho creativo ni a lo zaino. Y si caricaturesca era su apariencia externa, lo que argumentó después no le iba a la zaga en esperpéntico. Baltazá provenía de Oriente, pero era incapaz de recordar, después de 2017 años de vida, el lugar concreto de su origen. Argumentaba ser Rey y rey Mago, lo que añadía

El misterio de las cenizas de la urna de Kapoor

30 noviembre, 2018
A finales del año 2015 aterrizó en mi despacho un personaje de lo más peculiar. Venía recomendado por un antiguo cliente y eso me hizo bajar un tanto la guardia, más que nada por la honradez y probidad que le precedía al mismo. Trabajaba como cocinero en el restaurante de aquél y no lo reconocí enseguida, no hasta que un efluvio de mezcla de hierbas aromáticas y especias impregnó la estancia. Era Devdadn Kapoor, la misma persona que me servía el pollo tandoori masala para llevar los días en los que las guardias de juzgado se me hacían menos llevaderas. De manera inesperada, tomó asiento y depositó en la mesa de mi despacho una cadena con un colgante de cristal, en el que pude apreciar restos de cenizas, sin entender un pimiento. Tuvo que apercibirse de mi gesto, mezcla de perplejidad, grima y asco, pues tomó la palabra súbitamente antes de poder articular yo palabra. -“Esto que ve usted es lo que me ha llevado hasta aquí. Son los restos de mi difunta madre. El colgante no es otra cosa que una pequeña urna donde yo depositaba parte de las cenizas de su cremación, la que se llevó a cabo en la funeraria La Popular, de aquí de Málaga”. Mi cuerpo comenzó a experimentar un rechazo más que evidente, una mezcla de asco y repugnancia que vino acompañada de una disimulada arcada.  -“Devdadn, no entiendo muy bien el motivo de su consulta” -pude articular con evidente repugnancia que no me molesté en disimular sin despegar la vista de aquel artilugio, con unas reprimidas ganas de lanzarlo desde la mesa al suelo que me abstuve de hacer no ya por cuestiones de urbanidad, sino por pragmatismo, pues de haberlo hecho, habría esparcido más cenizas aún de las que incipientemente aparecieron en el cristal de la mesa-. -“Verá usted, Letrada, hace menos de una semana adquirí por Amazon este artículo que se promocionaba como colgante de cristal de urna de recuerdo para las cenizas de los seres más queridos. Como puede ver, el colgante tiene un tipo de cierre de mosquetón que, con el uso, se ha despegado y, como consecuencia, las cenizas de mi madre se han volatilizado, salvo este resto que a consecuencia del sudor y su contacto con mi cuerpo, se han quedado impregnadas”. En ese momento, fijé, si cabía aún más, mi atención en aquella pequeña cripta, y visualicé todos y cada uno de los músculos de mi cara que intervenían en aquella expresión de rechazo y aversión: el superciliar, orbicular del ojo, piramidal, elevador propio, ala de la nariz, labio superior, triangular, borla … -“Esto que ve es lo único que me queda de mi difunta madre, el resto fue esparcido al aire. Guardaba estas pequeñas cenizas para llevarlas a Varanasi…” Corté su discurso, me estaba costando sobremanera atender a sus palabras en la medida en que tenía la mirada fija en las cenizas, en mi mesa y en el parqué. Sentí un escalofrío inusitado que me

La venganza de “la Charitrini”

3 septiembre, 2018
Me despertaron los gritos ahogados de los médicos de la uci, o quizás aquellos sobresaltos que estaba dando a cuenta del desfibrilador. Era una sensación muy desagradable, como cuando me quedé pegada a aquella clavija mal enchufada de mi habitación y noté una corriente continua y caliente en mi cuerpo. Pero esta vez era a alternancias… 1, 2, 3 yaaaaaa! Un bip continuo sonaba en la estancia. Alguien gritó: -“La estamos perdiendo, la perdemos. Migueeeeeeeel, ¿donde cojones está Diazolam (@MDiazFuentes) !!!? Una voz que no identifiqué, con evidente mala leche, contestó q poniendo un tuit. Para qué querrían a Miguel? No creo que fuese para dormirme, era evidente que según esta gente ya lo estaba. De repente sentí un pinchazo agudo, supongo que sería adrenalina.  Inferí tal extremo por la serie urgencias, a todo el que venía a caballo entre dos dimensiones le metían en vena adrenalina, así que aquello no podía ser otra cosa. El bip sonaba esta vez a intervalos, y quien parecía sostener la aguja volvió a chillar, esta vez con entusiasmo, “Vaaaaaamos”… De modo inesperado y abrupto entró en la sala una mujer oronda vestida de un níveo impecable que dañaba mis pupilas. El grosor de sus labios, pintados de rojo “vibrator” destacaban sobremanera, parecían dos chorizos cantimpalo. Se acercó a mi y me arreó una sonora bofetada que me descolocó. Me levantó de la camilla a empujones y me condujo al pasillo. Nadie en la sala parecía inmutarse. Dejé allí el sonido del bip intermitente y mi cuerpo inerme e inerte, sin entender un pimiento. La cara de aquella desabrida mujer me sonaba, guardaba cierto parecido con la camarera que nos había servido la cena. Me volví para verla… ⁃Coño!! (Exclamé en voz alta), tú eres la Charitrini., la del revuelto de setas!!! La tipa me volvió a abofetear, a la par que soltó una risa sardónica que me heló la sangre. Parecía disfrutar con aquello. Maldije la manía que tengo de pensar en voz alta; Gallego Rey (@mareaxenaterra) me decía que eso era de personas inteligentes. En ese preciso instante se equivocaba, fue de imprudente y necia. Tras la puerta de la uci se agolpaban, @ladycrocs, @kinotofukusaka y @M_Isabel2018. Pensé que con una que levantara mi cadáver bastaba. Quise avisar a @M_Isabel2018 de que la bruja vestida de blanco, mezcla de Carmen de Mairena y Lola, la de las velas negras, era Charitrini, pero no me veía, ni ella ni las demás… No podían, yo era un espectro. Agradecí que Charitrini no se percatara de la presencia de Mª Isabel, ya que ella y yo acostumbrábamos a hacer chanzas sobre aquella mujer con tan poco sentido del humor, como deduje. Cruzamos el pasillo que abarcaba la uci hasta la sala de espera donde se encontraban Manu (@Maqnuelperezpi,  Carmen (@_CCarbonell) y Patri (@pdediost). Manu les decía que los médicos eran unos inútiles, que solo había que ponerme un par de morcillas y verían como volvía como el señor don gato, al olor de los ozelitos.