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, Philip Kotler

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Una guardia en Navidad

23 diciembre, 2016
Es notorio, todos los que me conocen lo saben, detesto la Navidad. No, no me siento triste, no me falta ningún ser querido hasta el extremo de provocarme ese estado de decaimiento de la moral. Es esa imposición de sentirse plenos, felices hasta el paroxismo, lo que me chirría cada año. Es ese ser amable, comprensivo por ser Navidad, lo que aborrezco. Por esa razón, cuando me designaron la guardia de Juzgado un 24 de diciembre me sentí dichosa, tenía la excusa perfecta para el escaqueo. ¿Quién iba a querer cambiarme el servicio de guardia? Pues eso, nadie. Por una vez clamé al cielo y me oyó. Mi llegada se produjo de forma puntual, pero sólo había un funcionario en el juzgado y, en la medida en que los atestados no habían sido remitidos por el agente encargado de ello, me ofreció darle un “arreglo” a los postres navideños que de forma muy estudiada habían sido dispuestos en una bandeja que, a su vez, había sido colocada a la entrada de la sede judicial, justo al lado de la mesa del agente, para solaz de detenidos, abogados y personal. Las bebidas como el anís del mono, el licor de café, de hierbas y otras sustancias con elevado grado de alcohol habían sido llevadas, no obstante, al fondo de la estancia, en el armario reservado para la custodia de las llaves de los baños privados y objetos y enseres varios de los funcionarios por razones obvias. Lentamente se fue llenando la estancia, los funcionarios uno a uno iban ocupando sus puestos y dado que el agente de policía nacional había remitido el único atestado instruido, me divertí comprobando cómo lo echaban a suertes. Finalmente sería Mateo el tramitador procesal que se encargaría de aquellas diligencias. Se trataba de una pelea o riña entre cuatro tipos de lo más extravagantes. Uno de ellos, a todas luces finlandés, apellidado Joulupukki, orondo, de frondosas barbas y pelo níveo, vestía unos pantalones de un color rojo intenso dos tallas menos de la necesaria, que ponían de manifiesto y resaltaban más si cabía su sobrepeso. A ello lo acompañaba una camisa blanca, de un “blanco roto” que hacía sospechar sobre su coloro original y lo remataba con un abrigo de paño de color verde, que no podía abrochar. De los otros tres, que en extravagancia no le iban a la zaga, dos parecían árabes, pues vestían lo que se conoce como Dishdash o Khandura y un sobre abrigo medio transparente, que luego supe que llamaban Aba (con una b, en lugar de Abba, grupo sueco); el último, era de raza negra, de un color de piel azabache, apodado “Baltazáh”. A éste, en la oscuridad de los calabozos del juzgado sólo lo podía distinguir por el blanco de los ojos, pues iba vestido a la sazón de negro, en consonancia con su piel. Joulupukki había designado abogado y solicitado un intérpetre de suomi, aunque a todas luces comprendía el idioma, así que me encargué de la defensa

El amor en los tiempos del WhatsApp y un Indiana Jones destartalado

22 noviembre, 2016
Reconozco que sólo la primera vez fue pura casualidad el hecho de que aquellas jóvenes a las que yo doblaba la edad se sentaran junto a mi en la cafetería aneja al servicio de urgencias del hospital Virgen de la Victoria, también llamado Hospital Clínico. Por entonces mi padre llevaba ya varios días ingresado tras haber superado una grave crisis cardiaca. No me equivoco en afirmar que este reducto tiene más afluencia que la pequeña capilla que está ubicada cerca de urgencias, tengo la percepción de que la gente más que buscar un remanso de paz busca un lugar bullicioso que le recuerde que aún hay vida o que aún ellos están llenos de ésta. Allí, las risas, los llantos y los quebrantos comparten el espacio por mitades indivisas. Al principio, bajaba a la cafetería por inercia, por pura distracción unas veces, otras, para tomar un tentempié, pero más tarde la razón por la que bajaba no era otra que buscar la compañía de aquellas dos jóvenes pizpiretas. Necesitaba un espacio para risas, así que agradecí que se sentaran a mi lado, estaba cansada de stern, bypass, dai y cualquier cosa que me recordara donde estaba. –¿Qué dices que te ha dicho? –reclamaba exigente la que entendí se llamaba Carmen. –Tontadas, me pone fotos de donde está –contestó la que portaba el iphone-. –Eso ya lo he visto, te digo que ¿¡¡¡qué te diceeeeee!!!!? Gema sonreía divertida a la par que le hacía muecas a Carmen, en un alarde de prolongar el misterio. –Vaaaaale, me dice que ojalá estuviera allí, y poco más. ¿Tú crees que le gusto?  Carmen la miró de soslayo y le contestó con los ojos muy abiertos un “yo qué sé, ese tío es un memo, un imprudente”. No pude oír nada mas porque justo en ese momento recibí una llamada del Procurador, recordándome que me quedaban escasos días para contestar una demanda en la que a mi cliente, una Comunidad de Propietarios, se le exigía una cantidad importante en concepto de responsabilidad civil extracontractual. El actor en cuestión, persona de avanzada edad, y movilidad reducida, basaba su reclamación en la caída sufrida en un pasaje de acceso a la playa, cuya propiedad imputaba a mi cliente, argumentando el mal estado de las instalaciones, causa eficiente del testarazo que sufrió.  La rampa en cuestión, y donde se produjo la caía, era de una notable inclinación y se encontraba al inicio del camino que llevaba a la playa y que atravesaba todo el conjunto de la Comunidad de Propietarios. A todas luces era evidente el carácter público y no privado de la instalación, lo que pude comprobar tras la oportuna certificación catastral y hojear la escritura de división horizontal del conjunto inmobiliario. También pude observar que la finalidad de aquella rampa, existente al inicio de aquel acceso, no era otra que servir para la circulación de vehículos, dada la existencia de garajes en los aledaños y de locales comerciales.  …  A la tarde del día siguiente y a las

Las gallinas no son, no, animales de compañía

27 octubre, 2016
No fue casualidad, en palabras de Gotthold E. Lessing, que me designaran de oficio para asumir la defensa de la pretensión de Gaspar. No, yo creo que el azar se confabuló misteriosamente para ello, seguramente por mi “particular” visión del derecho. Gaspar vivía en el quinto piso, letra A, del bloque de viviendas residenciales situadas por encima del ferrocarril suburbano de Málaga a Fuengirola, cuya suerte se denomina del Tomillar, pago de Arroyo de la Miel, término de Benalmádena. Justo encima, en el ático, se encontraba la vivienda de Damián, la cual y como plusvalía, gozaba de una amplísima terraza a nivel, que tenía la consideración de cubierta del edificio y, en evitación de disquisiciones doctrinales, el título constitutivo de la ordenación del inmueble en régimen de propiedad horizontal la catalogaba como elemento común por naturaleza, pero atribuyendo un uso exclusivo de la misma al propio ático. Damián no era ornitólogo, no, ni biólogo ni nada parecido, cosa que, en principio, pudiera haber arrojado alguna luz sobre aquella modificación esperpéntica de aquel elemento común. Según me comentó Gaspar en la primera entrevista, aquél había construido en el ático y sin consentimiento de los restantes propietarios una suerte de estructura metálica que abarcaba el 90 por ciento de la superficie de la terraza. La estructura de aquella quedaba cubierta en un extremo por un tejado simple, formado por dos piezas de contrachapado que servía para proteger ese espacio de las inclemencias del tiempo. Como se puso de manifiesto en el posterior reconocimiento judicial, aquel artefacto tenía varias áreas bien diferenciadas. Uno denominado de perchas, consistente en una especie de vara gruesa de madera que colgaba entre los muros de la malla metálica; otra de nidos, consistente en cestas de madera recubiertas de paja, al objeto de servir para tal fin; y otra, en la que las cajas estaban recubiertas de una especie de polvo –que según supe después servía para alejar de olores a los animales y para el divertimento de éstos-. Escuchaba a Gaspar y hacía un esfuerzo por no apremiarle a que me dijera qué animales tan perturbadores eran los que había en aquella estructura. Su desazón me parecía afectada, desproporcionada. No había, o mejor dicho, yo no hallaba una relación directa y causal entre aquella desazón y unos cuantos agapornis enjaulados. Agapornis, palomas, loros o periquitos, que era lo que realmente yo estaba en aquel momento visualizando. Me equivocaba de plano. Damián no era Birdman, (aquél sensible hombre que encarnaba Burt Lancaster en Alcatraz), era bastante más vulgar; lo que aquella estructura contenía entre “rejas”, (nunca mejor dicho), eran ni más ni menos que dieciséis gallinas y un gallo. Lo del gallo lo sabía bien Gaspar, a resultas de aquel graznido desgarrador que de forma impenitente se repetía una y otra y otra vez cada amanecer. La comunidad de Propietarios, pese a las quejas de mi cliente, no quiso tomar cartas en el asunto, básicamente porque el propietario del ático mantenía en buen estado de uso la terraza,

La guerra de los Pérez

30 septiembre, 2016
-¡¡¡Llamen inmediatamente al Forense y al 112, que activen el código infarto!!! –  Gritó la titular del juzgado de familia a la funcionaria que en esos momentos se estaba ocupando de cerrar la grabación de la vista en el soporte del equipo informático. Su voz tronó en toda la sala y reverberó al propio tiempo, resonando más allá de aquella estancia.. Pese a tener el semblante demudado, las piernas y las manos temblorosas, mostró, una vez más, su carácter firme, resuelto y enérgico. Horas antes, la vista se estaba desarrollando como una auténtica cancha de juego, con visos de batalla campal en el que el trofeo no era otro que salir vivo.  El procedimiento no era mío, yo estaba sustituyendo a mi muy querida amiga y compañera MatiMari, a la que le habían turnado de oficio dicho asunto. Por la especial naturaleza del procedimiento, cuyo objeto no era otro que determinar el régimen de custodia, visitas y alimentos de dos menores fruto de una relación matrimonial y con el fin de no suspender la vista, acepté de buen grado acudir yo, dada la imposibilidad de mi compañera por razones que no vienen al caso. Una de las cosas que llamó mi atención era el simple hecho de haber sido turnado el asunto, aun de forma provisional, pues los “signos externos” a que se refiere el artículo 4 de la Ley de asistencia jurídica gratuita 1/1996, de 10 de enero revelaban que la justiciable, (a la que, como he dicho, asistía en sustitución de mi compañera), parecía gozar de una  capacidad económica que desmentía lo que la declaración de la misma pudiera reflejar, como se puso de manifiesto posteriormente en el acto de la vista.   Como bien saben, el artículo 3 de la norma citada, que fue modificado por Ley 42/2015, de 5 de octubre, establece el ámbito subjetivo del reconocimiento del derecho y, en lo que a las personas físicas se refiere, establece el límite de “dos veces el IPREM –indicador público de renta de efectos múltiples”, para personas no integradas en ninguna unidad familiar, “dos veces y media” dicho índice para familias con menos de cuatro miembros, llegando al triple cuando están integradas por cuatro o más miembros o tengan reconocida su condición de familia numerosa (novedad ésta introducida por la Ley), tomando como referencia de “unidad familiar” la del Impuesto sobre la renta de las personas físicas. Basta con que ingresen en un buscador de internet y éste les informa del valor del Iprem, que actualmente está en 532,31€ mensuales y 6.390,13€ anuales.  La familia, bien era cierto, había vivido siempre de los negocios del marido y aun cuando ella era titular de otros, todos en su conjunto los gestionaba aquél.  Durante el matrimonio el núcleo familiar gozaba de una espléndida situación económica que se hizo difícilmente asumible tras la ruptura. Y, si bien durante la convivencia, los progenitores habían acordado que determinados gastos, como el  que Borja y Álvaro, menores de edad, cursaran estudios en el

El extraño divorcio de George y Mildred Roper

1 septiembre, 2016
Me desperté de un sobresalto. En el móvil se reflejaban al menos quince números que no llegué a contabilizar del todo. Era domingo, las 10,30h, ¿quién llamaría a esas horas un día festivo? Tenía una resaca superlativa y no me apetecía en absoluto coger el móvil, pero fuera quien fuese estaba agotando mi paciencia y la llamada, así q decidí cogerlo… – “¿Letrada MONTERO?… -Mmmmmmmmsi??? -La Sala está constituida, le estamos esperando. Su cliente, la Sra. Ropper está desazonada. ¿Qué le queda? Era la tercera vez en seis meses q me ocurría. No sabía a ciencia cierta si era debido al estrés emocional o al laboral. Ya mi buena amiga Carmen Carbonell me había advertido de la necesidad de organizarme con una agenda física, una donde se viera en tamaño 36 courier las fechas de los señalamientos y mi hermana digital en ello no le iba a la zaga, no. Ambas me alentaban a tomar rabillos de pasa. En realidad, no ocultaban su verdadera preocupación: estaba dejándome abandonar por la desidia y el desorden mental, en una continua desazón por no poder tener lo que quería en lugar de querer lo que podía tener… No, no era domingo, era lunes, “malditos sean los lunes y los mojitos a destiempo” pensé, y argumentando una mentira creíble le hice pensar a la agente judicial q había tenido un problema con el coche. ¡Qué excusa más burda!, impropia de una mente imaginativa como la mía. Si en lugar de eso le hubiese dicho la verdad, que estaba dormida, resacosa y hecha unos zorros, seguramente la agente judicial se hubiese echado a reír y me habría apremiado con tono burlón y empático a que me dejara de guasa y viniera presta, rauda y veloz. En su lugar, gruñó entré dientes mascullando un “dese prisa”. Mildred estaba sentada sola en uno de los maltrechos bancos situados justo a la entrada de la Sala de vistas. George se encontraba a bastantes metros de distancia, en la antesala que ocupan en ocasiones testigos y peritos. Estaba con su abogado, guardaba un enorme parecido con mi amigo Luquitas. Todo aquello me estaba pareciendo muy extraño. A medida que me iba acercando, comprobé con estupor que su abogado no es que se pareciera a mi Lucas, ERA LUCAS!!!! Pero, ¿qué hacía Lucas en Torremolinos?, ¿de qué conocía a George? Todo aquello era muy extraño, más que extraño, onírico. Conocía a los Roppers desde mi infancia, ese matrimonio tan “extrañamente” avenido. Geoooooorge (era así como ella le llamaba continuamente) era socarrón, vago, torpe y patán, para el que su máxima aspiración consistía en sentarse ante el televisor con una lata de cerveza y tomar el pelo a Mildred. Pero Mildred tampoco era una esposa abnegada, no crean, ante la actitud de George ella mostraba una fingida pose histérica, más que nada para fastidiar al flemático de su esposo, a quien continuamente apremiaba y regañaba como si fuese un adolescente atolondrado. Eran tan, tan, tan distintos entre sí, más que distintos tan