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El extraño suceso de Juan Ballantines

10 junio, 2016
Juan “Ballantines” era un personaje del escaqueo, un auténtico malabarista del sobrevivir. Su aspecto orondo y desgarbado lo compensaba con su manía exacerbada de proyectar buena presencia; credibilidad, me decía. “Señorita Montero, no hay nada como conocer tus limitaciones y proyectar tus virtudes, ese es el truco del almendruco, ¡quiá!”. Yo, sinceramente, y a simple vista, no sabía en ese momento cuáles podrían ser aquellas, pues aun empeñado en aparentar seriedad y solvencia, enfundado en aquellas vestiduras cuando vino a mi despacho, más se me aparentaba a una morcilla de burgos que a un representante de una editorial de renombre. El apodo se lo puso Paquita, mi clienta de oficio, vecina a la sazón de Juan que, a mi juicio y por diversas cábalas a las que llegué y que no vienen al caso, estaba perdidamente enamorada de él. Y no,  en aquello nada tenía que ver el gusto de aquél por el whisky u otra bebida destilada, sino al hecho de que el padre de Juan era escocés, de los de brazo tatutado como dice la canción que igual que vino una tarde al puerto de Málaga, con las mismas se largó a rumbo ignorado en el mismo barco que lo trajo allí. El asunto de Paquita era bien sencillo. La vivienda donde residía era de las que denominamos “renta antigua”. A la muerte de sus padres, la propiedad había decidió resolver el contrato de arrendamiento y, en su consecuencia, desahuciarla. Entendían que había habido ya una primera subrogación, la de la esposa, y que, por tanto, no cabía una segunda, pues Paquita ya estaba más allá de los taitantos indefinibles de Lina Morgan. A mi aquella mujer me producía una mezcla de ternura y conmiseración a partes iguales. Siendo única hija y a pesar de la época, fue su padre y no su madre quien se empeñó en que cursara estudios que la hicieran, lo que ella decía con bastante gracia, “una mujé resolutiva”. Me confesó con tristeza que lo que realmente le hubiese gustado era estudiar corte y confección, pero su padre puso el grito en el cielo porque tenía asociada la profesión con otra menos noble, la más antigua del mundo… Así que Paquita no tuvo más opción que estudiar enfermería, pero en compensación, lo cual confesaba con un brillo inefable en los ojos, un día de Reyes de un año incierto, se había encontrado con la sorpresa de toda una Singer!!!!. Sus años mozos los pasó entre agujas, sondas, lavativas, gasas y otros materiales quirúrgicos. Y esa enseñanza le sirvió, finalmente, para cuidar a sus padres en el último trayecto de su vida adulta. No se le conocían novios, ni amantes, ni nada parecido, pese a que no era desagradable ni de ver ni de trato. Sí, se podría decir que Paquita era una mocita, y sin temor a equivocarme, también feliz.  Creo que esta falta de experiencia en el terreno de lo personal y, más concretamente respecto del género masculino, fue la causa del

La peluquera, su hija y el eslabón perdido de Darwin

19 mayo, 2016
–Perooooo, ¿usted qué apelaaaaaaaa? ¡¡¡¡Déjese de circunloquios y digaaaaaaa!!!!! – bramaba el Magistrado Ponente de la Sección 4ª con gran estupor por mi parte que, por suerte, era la parte apelada. Había oído hablar de él, de su época de juez instructor y de aquella coletilla que soltaba en las guardias y por la que vulgarmente se le conocía (y de la que los más expertos solían jactarse): “Letrado, no me alegue usted el artículo 24 de ese panfleto revolucionario, ni presunción ni gaitas…”. Sí, era bastante rancio y ultraconservador. Y por lo que pude comprobar, con un carácter iracundo y colérico, tanto o más que un diabético en estado hipoglucémico. No, no era una suerte si lo pensaba bien, porque la fortuna y la dicha hubiese sido que lo hubiesen destinado a una sección penal, pero no, allí estaba aquel hombre que, pese a su aspecto enjuto y a su avanzada edad, desplegaba con viveza un timbre de voz fuera de lo común. La capacidad acústica de la sala y los decibelios que emitía en forma de ráfaga hacían innecesario cualquier altavoz que, por otra parte, no estaba operativo… En aquellas circunstancias, tan poco favorables para la parte adversa, a punto estuve, por solidaridad, de levantarme y acudir presta a consolar a mi compañero, si no hubiese sido por dos variables: La primera, la interminable distancia entre mi posición y la suya que harían flaquear mis piernas – la sala donde se estaba desarrollando aquella vista esperpéntica era la que estaba destinada, en el antiguo Palacio de Justicia Miramar, obra del arquitecto Guerrero Strachan, a las Juras de nuevos Letrados, por su majestuosidad y nobleza; la segunda, la postura del Magistrado Ponente que no paraba de vociferar, lanzar vituperios y gesticular todo ello con gran precisión psicomotora. Así que, en esa tesitura, opté por lo único que podía hacer en esos momentos: rezar, rezar para que aquello terminara y para que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de nosotros, seres simples. Yo me tenía aprendida la lección: “que se confirme la resolución recurrida por sus propios fundamentos”, pero temía que, llegado el momento de mi intervención, me fallara el valor, las fuerzas y la lucidez. No recuerdo en absoluto si mi compañero llegó a determinar entonces el objeto de su reprobación a la resolución de instancia pues, al igual que él, me quedé paralizada por el estupor y el pánico. Padecí ese síntoma extraño o peculiar de la ansiedad, una desconexión de mi misma, de la realidad y sobre todo de aquella sala de vistas que hoy conocemos como “despersonalización” y que mi padre, con ese sentido práctico de la vida explica de la siguiente manera: “mariahezú, una perszona nervioza pierde el cecenta porciento de zu capacidá, no lo orvideh”. La sentencia de instancia había determinado la separación de los cónyuges (ella muy joven, por cierto, con una diferencia considerable respecto a él, con una vida matrimonial más breve que esta legislatura, y con una hija en común

La física, la química y el cobre de las farolas

8 abril, 2016
Me llamaron de Comisaría a las 4.20 de la mañana; la hora se proyectaba como un haz de luz por toda la estancia. La luminosidad acompañada del “quiero vivir, quiero sentir el universo sobre mí” me arrancó a tortazos de los brazos de Morfeo. –“¿Letrada de oficio?”– oí al otro lado del aparato.  La verdad es que, aun intentando carraspear, la voz que emití no sonaba nada inteligible. Era una mezcla de “sjjjiiji, gggsoy yo… dggggidggame”. El agente, más que entenderme, intuyó que hablaba con la persona que buscaba.  Sabía que se trataba de un menor, no podía ser de otra manera ya que mi horario de guardia acabaría en escasas horas, en concreto en apenas cinco, nada podía ser más urgente que asistir a un menor. De hecho, el protocolo de actuación funciona así: en la medida en que exista un menor detenido, dado que, como saben, la ley orgánica de responsabilidad del menor en su artículo 17 viene a establecer que la detención de un menor por funcionarios de policía no podrá durar más tiempo del estrictamente necesario para la realización de las averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos y, en todo caso, (a diferencia de lo que ocurre para los mayores) dentro del plazo máximo de 24 horas, el menor detenido deberá ser puesto en libertad o a disposición del Ministerio Fiscal, los letrados adscritos a este turno de guardia tenemos la obligación de acudir al centro de detención, en cuanto se curse la necesidad de asistencia, con la máxima premura. Y pese a que con la actual reforma de la LECr el plazo máximo para comparecer a prestar la asistencia tras la comunicación solicitada por los funcionarios de policía alcanza hasta las tres horas, (antes eran ocho), les puedo asegurar que en caso de menores la premura se cumple con puntualidad espartana. A las cinco de la madrugada estaba adentrándome en las dependencias de la inspección de guardia y allí se encontraba el menor, junto a su madre.  Lo primero que aprecié en el aspecto del menor, y que llamó mi atención, era el exagerado bulto que asomaba del pantalón, como si hubiese querido ocultar en él y entre las piernas todos los tomos de los episodios nacionales de Pérez Galdós. La madre sollozaba mientras el agente intentaba hacerle comprender al niño los motivos de su detención. Yo, mientras tanto, seguía preguntándome qué diantres ocultaba el niño entre sus zonas nobles y por qué era yo la única que me lo planteaba. No era extraño que sólo estuviera la madre, de hecho, en la mayoría de mis guardias acuden en un porcentaje muy elevado sólo ellas. Pero el agente me sacó de mi error, como si me hubiese adivinado el pensamiento; éste porque el otro, pese a que se mostraba cada vez con más intensidad, no fue capaz de intuirlo siquiera. Así que sin preámbulos, ni prolegómenos, ni circunloquios de ningún tipo me espetó un: “el padre también está detenido, así que si usted quiere,

La última palabra de Francisco Vargas

2 marzo, 2016
Podría mentirles, hacer un alegato acerca de la predisposición del individuo hacia el crimen, tipo Andrew Morton (Humphrey Bogart) en “Llamad a cualquier puerta”; relatarles una infancia dura y desgraciada de Francisco Vargas que sólo podía abocar en la degradación y la delincuencia por causas situadas más allá de la voluntad. Pero me alejaría con mucho de la verdad. Francisco pertenecía a una de las familias con más solera de Granada, era natural del Sacromonte. Se había criado frente a la Alhambra a la orilla del río Darro y desde el mismo momento en que fue engendrado, según me contó Lola, su madre, fue querido y deseado. Nunca le faltó un imperdible. Quizá ese ser centro de atenciones y deseos fuera lo que desembocó en un carácter caprichoso, displicente, soberbio e iracundo. Todos en el Albaicín apostaban que Francisco seguiría los pasos de sus padres en cuanto al terreno artístico se refería, pues siendo hijo único y con el mapa genético del que gozaba sólo podía ser artista: bien bailaor o guitarrista. Y lo fue, pero del gusto por lo ajeno. Desde pequeñito desarrolló la habilidad de birlar carteras con tal disimulo y desparpajo que desde luego no iba a la zaga de Apollo Robbins, el conocido como The gentleman thief, del que dicen que sustrajo la cartera a los agentes de los servicios secretos que acompañaban al ex presidente Jimmy Carter. Pero Paquito se les fue de las manos. Porque si bien en un principio veían cierta hilaridad en el hecho de que el niño tuviera cierta destreza, la falta de orden y disciplina creó un ser narcisista falto de empatía. Comenzaron las llamadas de atención de tutores y profesores, amonestaciones varias y, finalmente, la expulsión. Lola lo achacaba todo a las “junteras”, pues era incapaz de ver cualquier nota de reprochabilidad en la conducta de su hijo. Fue eso, según la buena señora, lo que le llevó a la droga… Aunque a mi parecer, según podía extraer de su relato, más bien fue la consecuencia de esa insana curiosidad de Paquito de vivir al límite, de consumir la vida en una décima de segundo, quizás por el hastío y facilidad con la que se le aparentaba la propia. No tuve tiempo de averiguar las razones, pues Lola se despidió de forma abrupta y de un brinco se adentró en la pequeña sala anterior a la que conducen los presos a fin de que puedan entrevistarse reservadamente con su Letrado o incluso puedan ser abrazados por sus familiares, así que al quedarme sin interlocutora no vi otra opción que introducirme en la sala y esperar mi turno, pero como oyente. Aconsejo a todos mis compañeros esta práctica, pues es el más efectivo para el aprendizaje como abogados: la exploración y análisis de los comportamientos que se llevan a cabo en la Sala, del lenguaje verbal y gestual, nos ayudan y mucho a mejorar la oratoria propia y autocontrol de las emociones. Y así, desde esa perspectiva, siempre les digo

Las rosquillas de Laura

2 febrero, 2016
Identifiqué la voz de Laura nada más oír su voz al otro lado del teléfono… “Buenos días, ¿Mª Jesús Montero?” … No era para menos, había compartido pupitre en clases de latín durante todo un curso de bachillerato con ella. Mi profesor de latín, al que cariñosamente apodamos “Santapaella”, un auténtico maestro y genio de esa lengua muerta que él se empeñaba en hacérnosla muy viva, era un vanguardista en materia de enseñanza y, decidió que, la mejor forma de transmitir su pasión sería formando grupos de cuatro alumnos. Nos aportaba un texto, extraído de la Conjuración de Catilina, de Salustio, (todo el bachiller estuvimos con la dichosa conjura -qué manía había cogido el hombre con cargarse a Cicerón-; no sé por qué extraña razón despertó en mi cierta empatía el personaje al que identificaba con el desgraciado del Coyote o Silvestre, en esa sempiterna lucha por eliminar al enemigo) y entre los cuatros debíamos hacer la traducción del texto. Claro que, primeramente, habíamos aprendido a declinar, cosa harto curiosa pues, de la rosa pasamos al marino, al crimen y a las manzanas de nuestra madre. Siempre me reía con lo de mater tua mala burra est. Seguramente, si mi querido amigo Manuel Pérez me hubiese acompañado en esa ardua tarea, a Dios pongo por testigo que habría exclamado con gran alborozo eso de “ectp”… (Que igual traducen ustedes como que “el comandante trabaja poco” si son, geográficamente hablando, de más arriba de Despeñaperros). Pero a lo que iba, a Laura la conocía desde hacía muchos años, y aunque con el devenir del tiempo perdimos la asiduidad en el trato a causa de mi ingreso en la Universidad y al hecho de su repentina incorporación en el mercado laboral por el triste e intempestivo fallecimiento de su padre, nunca perdimos el contacto. Por eso, aquella frialdad de su voz pese a conocer el timbre, me mantuvo en alerta. –“Querría verte, pero no sólo como amiga…” Laura parecía haber envejecido de forma brutal y no, no era por aquellas canas que aparecían en su pelo, ni por aquellas líneas y surcos horizontales entre las cejas, tampoco por las que pude apreciar en los ángulos externos de los ojos, nariz y boca; no, era por esa ausencia de brillo en sus otrora vivaces ojos lo que hizo que no reconociera a la persona que me hablaba. No era tristeza lo que vi en esos ojos, vi una inexpresión que me heló el alma. Evidentemente no venía como amiga, pese a que me traía una caja a rebosar de rosquillas, algo que se había convertido en una seña de identidad en cada reunión que manteníamos. La primera vez que las comimos juntas nos las hizo su abuela. Estábamos estudiando precisamente latín y nos obsequió con un plato repleto de ellas, de las que dimos perfecta cuenta. Tanto me gustaron que la abuela se esmeró no sólo en darme la receta de viva voz, sino que además se empeñó en proporcionarme las instrucciones precisas