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La compensación de créditos, según Sergio Cárdenas.

25 Enero, 2018
Sergio Cárdenas Benítez, conocido en el submundo del lumpen como “el leñas” era un joven rebelde, de espíritu sumamente impulsivo, con reacciones emocionales desproporcionadas, por utilizar un eufemismo. Se había ganado a pulso el apodo, pues cualquier discusión, controversia, o estímulo que lo contrariase terminaba desencadenando una reacción violenta por parte de aquél. Contaba ya en su tierna adolescencia con múltiples procedimientos abiertos en los Juzgados de Menores de la capital y en todos se hacía constar el abuso en el consumo de alcohol, tóxicos, su carácter violento y agresivo y su poca o nula empatía. Pese a tener pleno conocimiento de las normas socialmente más adaptativas, no le importaba un bledo las consecuencias negativas que sufriera la víctima de una de sus transgresiones. Actuaba impulsivamente, con una ausencia plena de autocontrol. Entre sus antecedentes contaban varios delitos de lesiones, robos violentos, lesiones en riña tumultuaria y atentado a agentes de la autoridad. En su historial familiar, como pude apreciar entonces, se describía ya una dilatada trayectoria de conflictos entre sus progenitores que había deteriorado la relación familiar hasta el punto de que la actitud celosa del padre respecto a la madre y los continuos malos tratos a los que se veía sometida culminaron con una agresión por parte de Sergio hacia su padre, que le causaron contusiones faciales múltiples con fractura en el seno maxilar superior derecho, fractura de piezas dentales y heridas en labios, mano y abdomen. Tras aquella paliza, nunca más se supo de aquél. Podía decir sin temor a equivocarme que Sergio, pese a su carácter explosivo y pese a su absoluto desprecio por el cumplimiento de norma alguna, incluso la intrafamiliar que la madre intentaba imponerle sin éxito, veneraba a aquélla, aun y a pesar de no aceptar imposiciones de nadie, sólo con la madre no reaccionaba desproporcionadamente ante la insistencia de aquélla de corregir su temperamento. La primera vez que lo asistí fue sobre el verano de 2012, se había abierto juicio oral contra él por un delito de lesiones. Según el informe del Ministerio Fiscal, Sergio se enzarzó en una discusión con un tal Lázaro como con ocasión de no permitirle la entrada en un garito por llevar zapatillas, que finalizó en una brutal paliza a resultas de la cual le causó a aquél policontusiones, erosión en región frontal izquierda y ala nasal derecha, escoriaciones leves en ambos miembros superiores, tumefacción a nivel del quinto metacarpiano de la mano derecha, traumatismo craneoencefálico leve, heridas superficiales en tórax, herida penetrante en cuello y herida penetrante subescapular izquierda. Alcanzamos una conformidad con el Ministerio Fiscal, suspendiéndose la pena al comprometerse al abono de la responsabilidad civil que, lógicamente, abonó su madre en meses interminables y con gran sacrificio por su parte y benevolencia por el perjudicado. No supe más de Sergio ni de su madre, no hasta hace aproximadamente un año. Regresaba de la ciudad de la Justicia tras logar que, respecto a un menor que no había respetado las pautas de la libertad vigilada

El Misterio de la vida

22 Diciembre, 2017
Conocí a María en el Registro de la Propiedad núm. 2 de Benalmádena. Yo iba a pedir una nota simple y casi me doy de bruces con el cubo de la fregona, despistada como soy por naturaleza. Reconozco que no me apercibí de que el suelo aún estaba chorreando ni tampoco me fijé en el triángulo de peligro que había sido colocado, deslizándome con los tacones y el maletín justo hacia el cubo de la fregona. María se disculpó, sin embargo, pese a mi torpeza sintiéndome un poco avergonzada porque la distracción y el fallo había sido mío y no de la joven de ojos rasgados, que abultaba casi tanto como el mostrador, por su avanzado estado de gestación. Entablamos una corta conversación, mientras Rodrigo me buscaba las notas que había solicitado y me adjuntaba la factura. A esas horas de la tarde, sólo permanecíamos en la estancia Rodrigo, María y yo y quizás algunos oficiales a los que no pude ver tras los cristales tintados. Se lamentó una vez más del desorden, achacándolo a que a esas horas de la tarde no solía acudir público y era cuando mejor podía desarrollar su labor de limpieza… -Siento que se haya podido usted lastimar, es que a esta hora no viene nadie… -Perdone –la interrumpí-. No tiene usted por qué disculparse. La que va al retortero soy yo, no he visto ni la señal, ni el cubo ni me he fijado en el suelo. Si incluso le estoy agradecida, ¿no ve, acaso, que quien tropieza y no cae adelanta camino? Se echó a reír con una espontaneidad y desparpajo tal, que me contagió la risa. -Mi nombre es María Jesús. No se apure, mujer, que yo también friego y limpio en casa. Lamento haberle pisado el suelo. -Yo soy María, llevo aquí varios años, pero soy de Nazaret. Me encontrará aquí todos los viernes. Es un día complicado para mi pero es lo único con lo que contamos mi marido y yo. Mi naturaleza curiosa me llevó a preguntar por qué era un día complicado un viernes por la tarde… -Porque celebramos en casa el Sabbat –me dijo con total naturalidad. La ayudé a recoger el cubo, instante en el que Rodrigo volvió de la impresora para entregarme las notas y la factura. Me despedí de ambos y casi vuelvo a tropezar de nuevo esta vez en la puerta con un señor de unos treinta y tantos años que a buen seguro era el marido de María, pues le hizo un gesto de apresuramiento que vino acompañado de un “ya voy José, ya salgo”. Pasaron dos semanas y volví de nuevo al Registro. Esa vez, aun siendo viernes, no encontré a María, la sustituía una joven ucraniana, Ludmila, que hablaba español como yo el inglés. Pertenecía a la empresa de limpieza donde tenían contratada a María, “todo limpio,sa” y le pregunté por ella. -No, no, María es enferma. Bebé próximamente. Problemas porque casa alquiler, dueño puff, echa a la puerta ya

La lápida de la discordia

2 Noviembre, 2017
Solo hay algo más peligroso para un abogado que una disposición adicional: una discordia entre herederos. María Gertrudis Peña Balbuena se presentó en mi despacho una tarde de mediados de octubre de 2011 junto con su marido, Augusto Díaz. Presentaban una estampa digna de una película de Berlanga. Ella, ataviada con un conjunto de traje-chaqueta color verde oliva, a juego con su rostro cetrino, y unos zapatos negros que combinaba con una cartera tipo clutch del mismo color que posó de forma casi instintiva bajo su regazo; iba tan extremadamente conjuntada que parecía haber salido de uno de esos maletines de la señorita pepis. Augusto, de media etiqueta y con aquellos bigotes de aguacero como lo llaman en México, que le caían por los lados de los labios ocultándoles la boca y que me privaban advertir su estado anímico. Fue él el primero en articular palabra.   -“Buenas tardes. Como ya le adelanté por teléfono, mi suegra falleció hace un mes y tenemos un problema con mis cuñados respecto a la lápida…” Comprendo que en este punto del relato tenga que hacer una matización: soy abogada de pueblo, como tal me veo en la tesitura de dar respuesta a pretensiones que para compañeros de la capital pudieran parecer un tanto surrealistas, pero el derecho, señoras y señores, debe estar al servicio de la comunidad y, en consecuencia, dar respuesta a cada una de las pretensiones y cuitas de las personas. Y si en el plano antropológico encontramos muchas diferencias entre el norte y el sur, éstas se trasladan de forma inexorable al campo del derecho. María de las Mercedes Balbuena Fernández había fallecido en Benalmádena, donde era residente, el 26 de septiembre de 2011, dejando todo su patrimonio en nuestra localidad. Su estado civil era el de viuda de sus únicas nupcias de don Perfecto Peña Castillo, de cuyo matrimonio tuvo cuatro hijos, Perfecto, María Gertrudis, Dolores y Eulogia, sin que hubiera mediado separación o ruptura de la convivencia. Según me exhibió Augusto, la herencia había sido aceptada por los cuatro únicos herederos, quienes habían sido instituido como tales por partes iguales por su finada madre. -“Disculpen, Augusto y Mª Gertrudis, observo que no hubo discrepancia en la aceptación de la herencia por ninguno de los hermanos. No la hay siquiera, y esto es importante, respecto a los gastos funerarios que, según sospecho, fueron asumidos por el servicio funerario, ya que según me comentaron por teléfono, tenía concertada una póliza de decesos”. -“Sí, señooooora –atajó María Gertrudis, cuyo tono y declamación al expresar dicha afirmación me recordó a Gracita Morales-. Pero es que en los gastos funerarios no iban incluidos los de la lápida propiamente dicha ni mismamente la tasa del Ayuntamiento para su colocación. Y eso, eso no estamos dispuestos a pagarlos ni mi hermana Euolooooogia, ni una servidoooora”. Mientras hacía tales afirmaciones, se iba balanceando de adelante hacia atrás, agarrada al clutch como si lo meciera. Tuve que hacer un auténtico esfuerzo por no soltar la carcajada, pues aquello ya

Condemor y el príncipe montengrino

4 Septiembre, 2017
Mi muy querido amigo Jorge García Herrero había decidido pasar sus vacaciones en uno de esos idílicos y bucólicos países nórdicos protagonistas de postales navideñas, influido, a buen seguro, más que por el clima por la orografía del terreno, en busca de aquellos recónditos parajes donde hubiera sido rodada más de una secuencia de la famosa serie “juego de tronos”. Claro que no fue el único, mi alter ego, Carmen Carbonell, otra friki de la serie, convenció, (más bien enredó a Ramón), para viajar a Islandia y con ello retar a Paco Rosales a averiguar qué escena había sido rodada en aquella instantánea que nos hizo llegar. Ni Jorge ni Carmen calibraron con exactitud las consecuencias de aquella decisión, guiados como estaban por ese desmesurado ánimo cinéfilo. Durante más de una semana fueron sometidos a unas prácticas culinarias extremadamente crueles por parte de los vikingos, todo ello a base de un millar de variedades de muesli, cereales corn flakes, fruta deshidratada, yogures bio, leche de soja, arroz y avena y aquellos asquerosos arenques embotados en una pasta o salsa que no soy hoy aún capaz de definir sin dar arcadas. Si Cela promocionaba las sentadillas de culo como técnica para limpiar los intestinos mediante la inmersión de aquél en el bidé y aspersión del agua por el mismo culo, los vikingos no iban a la zaga en cuanto a efectividad, aunque su técnica era más depurada y menos invasiva, todo hay que decirlo. El colmo de los agravios culinarios de estos personajes, a diferencia de lo que opinó en su momento Paco, no es mezclar en un crêpe chícharos con tomate, que lo es, sino hacerte participe de la belleza de los renos, esos delicados, tiernos y bellos animalitos, cooperadores necesarios de la red más efectiva de transporte internacional (en un solo día hacen llegar, como saben, millares de regalos a todos los niños del mundo) para luego servírtelos en un plato acompañado de puré de patata de sobre y mermelada de arándanos. En mi modesta y humilde opinión de trotamundos tengo una teoría: las ansias de conquistar nuevos países por parte de los vikingos tuvo su origen en esa necesidad de alimentarse debidamente. Su carácter cruel y despiadado en sus bajones de azúcar. Pero en esas ansias de expansión tuvieron poca fortuna, a mi parecer, pues fueron a recular en las islas británicas, que gobernaron durante largos años con un resultado nefasto para su ¿cultura? gastronómica. ¡Ay, qué distinta hubiese sido la historia si en lugar de aterrizar (más bien atracar) en las islas británicas lo hubiesen hecho en Málaga, Cádiz o Huelva. Jorge y Carmen, en lugar de esos comistrajos, habrían degustado con total normalidad, gazpacho, salmorejo, espetos, tortillitas de camarones, choco, lomo en manteca, zurrapa o jamón joselito. Ahora que, una cosa les digo, les está bien empleado por mofarse de mi, ya que siempre aconsejo llevar en la maleta un cuarto kilo de lomo y jamón, a lo Paco Martínez Soria, pero más sofisticado, por lo

Despertares

11 Julio, 2017
Odio que me despierten. Lo odio. Pero lo que más, que lo hagan a voces. Aquél sonido hiriente, agudo y a la vez distorsionado por el volumen de decibelios, me despertó de un sobresalto. -“Antooooooonio, tate quieto!!!”. Era la voz de una mujer que a buen seguro había perdido no sólo la paciencia, sino también el sentido de la orientación. Me encontraba en el box 2 del módulo de urgencias del hospital Quirón de Málaga, separándome del tal Antonio, situado en lo que pude intuir box 1, una esquelética estructura metálica en cuya parte superior colgaba a modo de separación de estancias una cortina blanca con el emblema del hospital en azul, que habían corrido al lateral derecho de mi cama. -“Ay, hija, discúlpame, ¿te he despertado?. Es que mi Antonio está otra vez hurgándose en la vía y se le va a salir. ¿Qué tal te encuentras?”. A punto estuvo de soltarle en un alarde de sinceridad que era obvio que sí, que me había despertado a mí y a la quinta planta del hospital, pero no podía articular palabra, así que me limité en mi situación a cerrar los ojos a la par que ladeaba la cabeza, elevaba los hombros y realizaba una seña con la boca, en un esfuerzo denodado de prestidigitación para darle a entender que no se preocupara. Desde donde me encontraba pude apreciar que a mi izquierda existía otro módulo o box, separado por idéntica estructura metálica y cortinas, que se encontraban echadas, intuyendo la existencia de algún paciente por el beep que parecía provenir de un electrocardiograma. Frente a mí, aún había dos más, pero éstos sí estaban vacíos pues al igual que mi módulo y el del tal Antonio, tenían las cortinillas corridas a ambos lados. No recordaba cómo había acabado allí, como tampoco si finalmente había acabado el trámite de conclusiones del que se me había dado traslado, pero el ínclito Dr. Gutiérrez Gago, Lucas de nombre de pila, médico del servicio de urgencias, con más años que la Catedral de Málaga y bregado en situaciones críticas, me sacó de dudas. -“Ha sufrido usted un síncope vasovagal, de carácter situacional- aquello sonaba tan grave como lo era su aspecto-. Su cuerpo ha reaccionado ante una situación límite de estrés emocional. Permanecerá en observación hasta que vengan los resultados del electrocardiograma, la analítica de sangre y el tac cerebral que se le ha efectuado para descartar cualquier tipo de traumatismo craneoencefálico. Pero según se refiere en el parte, usted no cayó al suelo, sino que se desvaneció en la mesa del juzgado, por lo que en apariencia y para no preocuparla en exceso, no presenta a simple vista contusión alguna a nivel cerebral, descartando cualquier tipo de traumatismo, salvo ese pequeño chichón en la frente provocada por el golpe sobre la mesa”. No, no estaba mal para terminar aquel mes de julio de 2013, no. Era obvio y meridiano que mi cuerpo gritaba “vacaciones”. -“Antooooooonio, que ta dicho que testés quieeeeeeeto, que