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, Philip Kotler

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La venganza de “la Charitrini”

3 septiembre, 2018
Me despertaron los gritos ahogados de los médicos de la uci, o quizás aquellos sobresaltos que estaba dando a cuenta del desfibrilador. Era una sensación muy desagradable, como cuando me quedé pegada a aquella clavija mal enchufada de mi habitación y noté una corriente continua y caliente en mi cuerpo. Pero esta vez era a alternancias… 1, 2, 3 yaaaaaa! Un bip continuo sonaba en la estancia. Alguien gritó: -“La estamos perdiendo, la perdemos. Migueeeeeeeel, ¿donde cojones está Diazolam (@MDiazFuentes) !!!? Una voz que no identifiqué, con evidente mala leche, contestó q poniendo un tuit. Para qué querrían a Miguel? No creo que fuese para dormirme, era evidente que según esta gente ya lo estaba. De repente sentí un pinchazo agudo, supongo que sería adrenalina.  Inferí tal extremo por la serie urgencias, a todo el que venía a caballo entre dos dimensiones le metían en vena adrenalina, así que aquello no podía ser otra cosa. El bip sonaba esta vez a intervalos, y quien parecía sostener la aguja volvió a chillar, esta vez con entusiasmo, “Vaaaaaamos”… De modo inesperado y abrupto entró en la sala una mujer oronda vestida de un níveo impecable que dañaba mis pupilas. El grosor de sus labios, pintados de rojo “vibrator” destacaban sobremanera, parecían dos chorizos cantimpalo. Se acercó a mi y me arreó una sonora bofetada que me descolocó. Me levantó de la camilla a empujones y me condujo al pasillo. Nadie en la sala parecía inmutarse. Dejé allí el sonido del bip intermitente y mi cuerpo inerme e inerte, sin entender un pimiento. La cara de aquella desabrida mujer me sonaba, guardaba cierto parecido con la camarera que nos había servido la cena. Me volví para verla… ⁃Coño!! (Exclamé en voz alta), tú eres la Charitrini., la del revuelto de setas!!! La tipa me volvió a abofetear, a la par que soltó una risa sardónica que me heló la sangre. Parecía disfrutar con aquello. Maldije la manía que tengo de pensar en voz alta; Gallego Rey (@mareaxenaterra) me decía que eso era de personas inteligentes. En ese preciso instante se equivocaba, fue de imprudente y necia. Tras la puerta de la uci se agolpaban, @ladycrocs, @kinotofukusaka y @M_Isabel2018. Pensé que con una que levantara mi cadáver bastaba. Quise avisar a @M_Isabel2018 de que la bruja vestida de blanco, mezcla de Carmen de Mairena y Lola, la de las velas negras, era Charitrini, pero no me veía, ni ella ni las demás… No podían, yo era un espectro. Agradecí que Charitrini no se percatara de la presencia de Mª Isabel, ya que ella y yo acostumbrábamos a hacer chanzas sobre aquella mujer con tan poco sentido del humor, como deduje. Cruzamos el pasillo que abarcaba la uci hasta la sala de espera donde se encontraban Manu (@Maqnuelperezpi,  Carmen (@_CCarbonell) y Patri (@pdediost). Manu les decía que los médicos eran unos inútiles, que solo había que ponerme un par de morcillas y verían como volvía como el señor don gato, al olor de los ozelitos.

Un fantasma de don Juan

21 junio, 2018
La puerta de la Sala se entreabrió y de la misma salió la agente judicial a voz en grito: -Letrada Monteeeeeeeeeeero. Me levanté de un sobresalto, aún estaba hojeando las últimas páginas de mi escrito de conclusiones, subrayando aquellas palabras en las que pretendía poner énfasis sobre la falta de tipicidad de los hechos. Me encaminé a la sala sorteando a compañeros, testigos y acusados que esperaban con auténtica ansia viva entrar a Sala. La vista de aquéllos estaba señalada con anterioridad a la mía y no entendí muy bien ese cambio en los planes de la Sala. -Soy yo, agente, contesté entre azorada y aturdida. -El Fiscal quiere hablar con usted, contestó aquélla de manera seca y cortante. Los demás observaban la escena entre incrédulos y cabreados. ¿Por qué se me hacía pasar a mi antes, si mi juicio estaba entre los últimos del día?, se preguntaban, clavando sus miradas en mi toga. Anastasio Buendía, cuya defensa me había sido designada, era un hombre de mediana edad, cuyo físico pasaba desapercibido. Medía poco más o menos que un metro sesenta y, si bien era un tipo enjuto, tenía una tripa cervecera incipiente y una calvicie fruto de una alopecia temprana. Sus ojos, pese a ser de un tamaño insignificante eran de un color azul grisáceo que no te dejaban indiferente. Quizás eran sus ojos lo único reseñable de aquél. Eso y su labia. Era el típico trolero que te vendía la Cibeles a poco que te pillara con las defensas bajas. Había sido imputado –investigado- por una presunta “estafa del amor”. Sin embargo, no quedaba nada claro de un lado, que se utilizara “engaño bastante”, como tampoco, del otro, que aquellos actos generosos por parte de la perjudicada hubiesen supuesto un acto de disposición en perjuicio propio. -A ver, Letrada, a la vista de la ausencia de la testigo, siendo ésta la segunda vista que se ve suspendida por su incomparecencia, ¿hay alguna posibilidad de llegar a un acuerdo? ¿A un acuerdo? No entendía muy bien por qué en mi sano juicio iba a querer alcanzar un acuerdo. Efectivamente, Lorena, que así se llamaba la testigo, era la segunda vez que no comparecía ante el Tribunal y lo que me sospechaba, no iba a querer comparecer jamás. Sin prueba suficiente de cargo, evidentemente no cabía más que absolver. Aquello podía considerarse un regalo, nada insignificante, desde luego, dado que se trataba de un IWC aquatimer. Pero un regalo al fin y al cabo en función de la capacidad económica de la testigo.   Lorena, según las actuaciones, había mantenido un romance con Anastasio durante meses. Se conocieron por redes y pronto comenzaron a entablar una amistad. De ahí, se lanzaron a los mensajes privados. En principio eran conversaciones triviales, acerca de su trabajo, sus aficiones, hijos, teatro, música y espectáculos, deporte, incluso política… Pero poco a poco se fue creando un lazo intenso entre ambos, al menos así lo creía firmemente Lorena. Afortunadamente para Anastasio nunca se pudieron recuperar

La importancia de llamarse Iluminado

15 marzo, 2018
En diciembre de hace más de cinco años se puso en contacto conmigo Iluminado Cortés Pérez, su pretensión consistía en una solicitud de cambio de nombre, amparado en el estigma que el mismo le ocasionaba. En la primera hora de la entrevista que mantuve con él no aprecié ningún tipo de trastorno, ni alteraciones en la percepción ni rasgo que indicara en su forma de hablar una transformación de la realidad. Su discurso me parecía coherente. Quería cambiar de nombre porque el que le impusieron sus padres había sido objeto de mofas desde su infancia, adolescencia hasta su madurez como individuo. Desde bombilla, gusiluz, fósforo, etc… En otras ocasiones, ya de mayor, según me contaba, si en algún debate escolar pretendía imponer su razonamiento con más vehemencia o terquedad siempre había un gracioso que soltaba aquello de “¿claro, como tú eres un iluminado…!”. Fue Iluminado quien me hizo recordar cómo las experiencias negativas en la infancia pueden marcarte en tu etapa de madurez hasta hacerte retraído, desconfiado, con baja autoestima. Los psiquiatras a estas situaciones la llaman “estrés precoz”, hechos ocasionados por traumas físicos o emocionales que van a alterar en gran parte el rumbo del desarrollo de la persona y su madurez. Esa herida queda en el cerebro como un “pico” tan grave de estrés y sufrimiento que deja lesión, provocando que, llegada a la edad adulta, se tenga más riesgos de desarrollar algún tipo de depresión. Según un estudio clínico, sufrir altas tasas de estrés en la infancia modelan y cambia muchas de las estructuras más profundas del cerebro y hace que la persona se vuelva más frágil, con una menor autoestima y con mayor probabilidad de sufrir una depresión en una edad adulta. Iluminado era una persona introvertida, con una hipersensibilidad y una vulnerabilidad emocional evidente, lo que pude comprobar tras explicarme las razones por las que quería cambiar su identidad. Pese a todo, en ningún momento, mientras escuchaba su exordio me pareció que su discurso fuese delirante ni mantuvo entonces  una conducta inadecuada. Al contrario, escuchar su alegato me provocó tal conmiseración que no pude reprimir una lágrima incipiente…     La importancia del nombre es algo evidente en la vida de una persona desde que nace, es lo que le identifica y es la prueba de su existencia como parte de una sociedad, como individuo que forma parte de un todo; es, en definitiva, lo que le caracteriza y diferencia de los demás. La Constitución española no reconoce expresamente el derecho al nombre entre los derechos fundamentales. No obstante, el Tribunal Constitucional enumera, entre los derechos personalísimos, “la imagen, la voz, el nombre y otras cualidades definitorias del ser propio y atribuidas como posesión inherente e irreductible (STC 117/1994 FJ 3º), reconociendo que el nombre forma parte de los derechos incorporados en el artículo 18 por su conexión con el derecho a la propia imagen, a la intimidad y, en fin, a la dignidad del individuo. La Declaración Universal de los Derechos del Niño, aprobada

La compensación de créditos, según Sergio Cárdenas.

25 enero, 2018
Sergio Cárdenas Benítez, conocido en el submundo del lumpen como “el leñas” era un joven rebelde, de espíritu sumamente impulsivo, con reacciones emocionales desproporcionadas, por utilizar un eufemismo. Se había ganado a pulso el apodo, pues cualquier discusión, controversia, o estímulo que lo contrariase terminaba desencadenando una reacción violenta por parte de aquél. Contaba ya en su tierna adolescencia con múltiples procedimientos abiertos en los Juzgados de Menores de la capital y en todos se hacía constar el abuso en el consumo de alcohol, tóxicos, su carácter violento y agresivo y su poca o nula empatía. Pese a tener pleno conocimiento de las normas socialmente más adaptativas, no le importaba un bledo las consecuencias negativas que sufriera la víctima de una de sus transgresiones. Actuaba impulsivamente, con una ausencia plena de autocontrol. Entre sus antecedentes contaban varios delitos de lesiones, robos violentos, lesiones en riña tumultuaria y atentado a agentes de la autoridad. En su historial familiar, como pude apreciar entonces, se describía ya una dilatada trayectoria de conflictos entre sus progenitores que había deteriorado la relación familiar hasta el punto de que la actitud celosa del padre respecto a la madre y los continuos malos tratos a los que se veía sometida culminaron con una agresión por parte de Sergio hacia su padre, que le causaron contusiones faciales múltiples con fractura en el seno maxilar superior derecho, fractura de piezas dentales y heridas en labios, mano y abdomen. Tras aquella paliza, nunca más se supo de aquél. Podía decir sin temor a equivocarme que Sergio, pese a su carácter explosivo y pese a su absoluto desprecio por el cumplimiento de norma alguna, incluso la intrafamiliar que la madre intentaba imponerle sin éxito, veneraba a aquélla, aun y a pesar de no aceptar imposiciones de nadie, sólo con la madre no reaccionaba desproporcionadamente ante la insistencia de aquélla de corregir su temperamento. La primera vez que lo asistí fue sobre el verano de 2012, se había abierto juicio oral contra él por un delito de lesiones. Según el informe del Ministerio Fiscal, Sergio se enzarzó en una discusión con un tal Lázaro con ocasión de no permitirle la entrada en un garito por llevar zapatillas, que finalizó en una brutal paliza a resultas de la cual le causó a aquél policontusiones, erosión en región frontal izquierda y ala nasal derecha, escoriaciones leves en ambos miembros superiores, tumefacción a nivel del quinto metacarpiano de la mano derecha, traumatismo craneoencefálico leve, heridas superficiales en tórax, herida penetrante en cuello y herida penetrante subescapular izquierda. Alcanzamos una conformidad con el Ministerio Fiscal, suspendiéndose la pena al comprometerse al abono de la responsabilidad civil que, lógicamente, abonó su madre en meses interminables y con gran sacrificio por su parte y benevolencia por el perjudicado. No supe más de Sergio ni de su madre, no hasta hace aproximadamente un año. Regresaba de la ciudad de la Justicia tras logar que, respecto a un menor que no había respetado las pautas de la libertad vigilada por

El Misterio de la vida

22 diciembre, 2017
Conocí a María en el Registro de la Propiedad núm. 2 de Benalmádena. Yo iba a pedir una nota simple y casi me doy de bruces con el cubo de la fregona, despistada como soy por naturaleza. Reconozco que no me apercibí de que el suelo aún estaba chorreando ni tampoco me fijé en el triángulo de peligro que había sido colocado, deslizándome con los tacones y el maletín justo hacia el cubo de la fregona. María se disculpó, sin embargo, pese a mi torpeza sintiéndome un poco avergonzada porque la distracción y el fallo había sido mío y no de la joven de ojos rasgados, que abultaba casi tanto como el mostrador, por su avanzado estado de gestación. Entablamos una corta conversación, mientras Rodrigo me buscaba las notas que había solicitado y me adjuntaba la factura. A esas horas de la tarde, sólo permanecíamos en la estancia Rodrigo, María y yo y quizás algunos oficiales a los que no pude ver tras los cristales tintados. Se lamentó una vez más del desorden, achacándolo a que a esas horas de la tarde no solía acudir público y era cuando mejor podía desarrollar su labor de limpieza… -Siento que se haya podido usted lastimar, es que a esta hora no viene nadie… -Perdone –la interrumpí-. No tiene usted por qué disculparse. La que va al retortero soy yo, no he visto ni la señal, ni el cubo ni me he fijado en el suelo. Si incluso le estoy agradecida, ¿no ve, acaso, que quien tropieza y no cae adelanta camino? Se echó a reír con una espontaneidad y desparpajo tal, que me contagió la risa. -Mi nombre es María Jesús. No se apure, mujer, que yo también friego y limpio en casa. Lamento haberle pisado el suelo. -Yo soy María, llevo aquí varios años, pero soy de Nazaret. Me encontrará aquí todos los viernes. Es un día complicado para mi pero es lo único con lo que contamos mi marido y yo. Mi naturaleza curiosa me llevó a preguntar por qué era un día complicado un viernes por la tarde… -Porque celebramos en casa el Sabbat –me dijo con total naturalidad. La ayudé a recoger el cubo, instante en el que Rodrigo volvió de la impresora para entregarme las notas y la factura. Me despedí de ambos y casi vuelvo a tropezar de nuevo esta vez en la puerta con un señor de unos treinta y tantos años que a buen seguro era el marido de María, pues le hizo un gesto de apresuramiento que vino acompañado de un “ya voy José, ya salgo”. Pasaron dos semanas y volví de nuevo al Registro. Esa vez, aun siendo viernes, no encontré a María, la sustituía una joven ucraniana, Ludmila, que hablaba español como yo el inglés. Pertenecía a la empresa de limpieza donde tenían contratada a María, “todo limpio,sa” y le pregunté por ella. -No, no, María es enferma. Bebé próximamente. Problemas porque casa alquiler, dueño puff, echa a la puerta ya