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El internamiento no voluntario de Juan Ignacio de Sesmes

12 abril, 2017
El hedor era insoportable y los 37º no ayudaban en absoluto a paliar sus efectos. El aire acondicionado del juzgado por enésima vez se había estropeado y, en lugar de expulsar aire frío, lo q hacía, amén de ruido, era expandir por toda la estancia aquel nauseabundo olor. Tanto S.Sª como yo demudábamos la faz según el imputado se moviera a diestro o a siniestro en aquel sillón de escay, aunque más que moverse padecía azogue. Dado su aspecto, en el que “desaliñado”, como consignó posteriormente el forense, era un eufemismo en toda regla, llegué a pensar que lo que provocaba esos movimientos involuntarios en él no eran más que las chinches. Algo similar pareció representársele a Don Cosme, titular del Juzgado de Instrucción en funciones de Guardia. Nunca le había visto perder de aquella manera la compostura; cual malabarista, se rascaba el cogote con la mano izquierda, mientras tamborileaba un bolígrafo bic con la derecha y se revolvía en su asiento de arriba abajo poniendo a prueba la ley de la gravedad. Me sostuvo la mirada suplicante, queriéndome decir sin palabras que no hiciera preguntas. Como si yo pudiera concentrarme entre el hedor, los movimientos involuntarios de ambos, aquellos diminutos animalitos de varias patitas que idealizaba por el cuerpo de aquel sujeto y la soflama en la estancia. En un momento dado, para distraerme de aquellos designios, dirigí mi mirada a los dos agentes que de pie lo custodiaban. A su derecha, el más joven, tenía el rostro céreo y mostraba sin pudor cierta basca. El más mayor, rozando la segunda actividad, parecía inerte. En aquellas circunstancias, estaba claro que o cortábamos el interrogatorio o acabábamos siendo atendidos por el 112 por intoxicación de metano u otros gases nobles. Juan Ignacio de Sesmes había sido detenido por un presunto delito de daños, aunque de presunto tenía bien poco. Su hazaña había sido grabada por las cámaras de seguridad del centro comercial aledaño. Pese a lo incómodo de la situación, ajeno a la realidad, contra todo pronóstico, aquel comenzó a disparar e hilvanar palabras sin que sujeto, verbo y predicado tuvieran consistencia y sentido alguno, siendo reflejado todo ello por la tramitadora procesal que ya no disimulaba su angustia y fatiga, llevándose, entre pausa y pausa de aquél, una toallita perfumada a la nariz. Esas pausas también eran aprovechadas por don Cosme, en las que con bizarra intención le hacía ver lo innecesario de continuar el relato, de un lado, y de los beneficios de su silencio en aras a su defensa, del otro (casi me da una alferecía por el juego de palabras). Estaba claro que aquella inmunda criatura no estaba en sus cabales. De hecho, así lo determinó de forma somera el Médico Forense, quien en un alarde de sapiencia recomendó su ingreso en psiquiatría… INFORME MÉDICO FORENSE Clínica Forense, 11 de julio de 1999.  Ante S.Sª comparece Doña Esperanza Martín Gutiérrez, Médico Forense de este Juzgado, quien tras prestar juramento manifiesta:  Que ha reconocido a Juan Ignacio

¿Policía ni en broma?

3 marzo, 2017
La primera vez que le vi pensé que nada tenía que ver con el Cuerpo. Su sola presencia llenaba aquella angosta estancia en la que parecían revolotear a su alrededor los agentes. Ya lo he contado. Yo acababa mi servicio y la Comisaría, lo que antes era la Inspección de guardia hoy Odac, andaba patas arriba. Una ciudadana de origen sueco se había perdido. Se trataba de una octogenaria con alzheimer. Nadie dominaba la situación salvo él. Quizás esa es una de las cualidades que más destacan en su persona, su capacidad para gestionar conflictos. Su alta dosis de lo que un andaluz diría “horchata en las venas”, que un inglés lo llamaría flema y los de arriba de Despeñaperros denominarían “capacidad resolutiva en situaciones críticas”. Lo cierto es que a diestro y siniestro daba las oportunas órdenes mientras intentaba trabar comunicación con aquella mente oculta. En mi vida he oído sonidos tan desiguales. Pero si me siguen, a estas alturas saben a que historia me refiero. A lo largo de mis casi 26 años en ejercicio he tenido la oportunidad de conocerle mejor. Me vienen a la memoria Jalo, ese enamorado de España, como también Jesús, que no sé si decía ser el hijo de Dios vivo o el hijo vivo de Dios. No estoy segura. (Les debo esta historia). También Teresita, que hoy tendrá treinta y tantos años, quien, según me contó, nació en el asiento trasero de un Simca 1000 (que oigan, si ya es difícil hacer el amor en el susodicho, imaginen espatarrarse y dar a luz…). La zona, por entonces, era hostil a los que llamaban con cierta dosis de desprecio “txacurras”. Teresita no tuvo otra ocurrencia que ser traída al mundo por un “madero” y, a mayor abundamiento, que su cordón umbilical fuese anudado con los cordones de los zapatos del agente en cuestión. El destino es caprichoso y en la mayor de las ocasiones un tanto terco. Hoy Teresa Zubiaga Aldekoa, quien tomó el nombre de la madre del que le trajo al mundo, pertenece a la división antiterrorista de la Ertzaina. Casualidad? No sé, hay quien como Redfield diría que es más causalidad. También recuerdo, al hilo de la historia de Teresa, aquellas carreras automovilísticas, tipo fórmula 1, en la que el premio no era una copa laureada, sino la vida. Lo que vulgarmente llamamos “salvar el pellejo”, no solo el propio, sino el ajeno. Entonces había sido adscrito al grupo de escoltas por eso a lo que he hecho referencia de flema en estado puro. Nadie como él sabía escurrirse como una anguila de entre los caseríos y carreteras secundarias. Antes de inventarse el GPS y los aparatos detectores de radares fijos, él ya disponía de un sexto sentido. Eso le valió una condecoración, silenciosa, pero condecoración se mire por donde se mire. Y sobre todo, lo más importante, la admiración, gratitud y reconocimiento del empresario tiroteado cuyo pelaje quedó intacto. Según me contó muchísimos años después, jamás había visto a nadie vomitar de

La inopinada detención de Juan “Button”

20 febrero, 2017
Recuerdo la primera vez que leí una sentencia suya, la redactaba como Ponente y lo que primero llamó mi atención fue su nombre, por su peculiaridad, “Perfecto A. Ibáñez”. Por entonces, estaba destinado en la Sección 15ª de la Audiencia Provincial de Madrid; en la actualidad, como saben, es miembro del Tribunal Supremo, Sala Segunda. Mi admiración por el personaje, como jurista, ha ido creciendo con los años, como los buenos vinos cogen cuerpo y hechura con el paso del tiempo. El nombre, acompañado de aquel apellido, se me representaba como una mezcla entre lo cabal y lo cómico, entre lo magistral y lo díscolo. “La detención no es, ni debe ser, el primer paso de la investigación criminal, sino la consecuencia de otros que acrediten su necesidad”.   Al pronunciarlas yo en la sala, de aquella manera metódica, estudiada, recreándome en cada golpe de voz, sonaron solemnes, sí, pero reconozco que produjeron el mismo efecto en el magistrado receptor de la alocución que en mí los anuncios de artilugios inútiles, inocuos y placebos del canal tele-tienda. Juan Domínguez demudaba el rostro según quien fuera el interlocutor. A preguntas del Ministerio Fiscal, cetrino, pero cariacontecido cuando quien se dirigía a él era el Magistrado. Sólo parecía llegarle riego sanguíneo a las mejillas cuando era yo quien hacía las preguntas, claro que entonces sí que se sabía las respuestas, debía ser eso. Sobre las 10 horas del día 28 de marzo de 1999,  había sido detenido por una dotación de policía local en el interior de un local de los denominados “after”, conocido como “La mariposa”. Al parecer, según constaba en el propio atestado, los agentes habían sido comisionados por su Sala operativa para que se dirigieran a un callejón de la avenida de Telefónica, aledaña al local, porque los vecinos se habían quejado de la presencia de jóvenes consumiendo bebidas alcohólicas y sustancias estupefacientes… “-Que una vez personados en el lugar no se encuentran a nadie, por lo que coincidiendo la dirección y el lugar de los presuntos hechos con un bar de los denominados “After”, llamado “La Mariposa”, en el cual los agentes tienen conocimiento de que es habitual el consumo y tráfico de sustancias estupefacientes, se adentran en el mismo a fin de identificar a todos los que allí se encuentren, siendo un total de diez personas, constándoles a la mayoría de ellos antecedentes policiales, procediéndose también a un cacheo superficial de seguridad. -Que en uno de los cacheos se le localiza al ahora presentado, en su bolsillo, una navaja automática color plateada. Además, en el interior de su cartera cinco pastillas de idéntico tamaño pero de diversos colores, formas y diseños envueltas en una bolsa de plástico transparente. -Que en la cartera, a su vez, la cual estaba en el interior de una riñonera de color verde, donde también se le encuentran unas tijeras y un pequeño bote de colirio, se le hallan treinta pastillas similares a las anteriores, y un trozo de sustancia vegetal color verde, al

Una guardia en Navidad

23 diciembre, 2016
Es notorio, todos los que me conocen lo saben, detesto la Navidad. No, no me siento triste, no me falta ningún ser querido hasta el extremo de provocarme ese estado de decaimiento de la moral. Es esa imposición de sentirse plenos, felices hasta el paroxismo, lo que me chirría cada año. Es ese ser amable, comprensivo por ser Navidad, lo que aborrezco. Por esa razón, cuando me designaron la guardia de Juzgado un 24 de diciembre me sentí dichosa, tenía la excusa perfecta para el escaqueo. ¿Quién iba a querer cambiarme el servicio de guardia? Pues eso, nadie. Por una vez clamé al cielo y me oyó. Mi llegada se produjo de forma puntual, pero sólo había un funcionario en el juzgado y, en la medida en que los atestados no habían sido remitidos por el agente encargado de ello, me ofreció darle un “arreglo” a los postres navideños que de forma muy estudiada habían sido dispuestos en una bandeja que, a su vez, había sido colocada a la entrada de la sede judicial, justo al lado de la mesa del agente, para solaz de detenidos, abogados y personal. Las bebidas como el anís del mono, el licor de café, de hierbas y otras sustancias con elevado grado de alcohol habían sido llevadas, no obstante, al fondo de la estancia, en el armario reservado para la custodia de las llaves de los baños privados y objetos y enseres varios de los funcionarios por razones obvias. Lentamente se fue llenando la estancia, los funcionarios uno a uno iban ocupando sus puestos y dado que el agente de policía nacional había remitido el único atestado instruido, me divertí comprobando cómo lo echaban a suertes. Finalmente sería Mateo el tramitador procesal que se encargaría de aquellas diligencias. Se trataba de una pelea o riña entre cuatro tipos de lo más extravagantes. Uno de ellos, a todas luces finlandés, apellidado Joulupukki, orondo, de frondosas barbas y pelo níveo, vestía unos pantalones de un color rojo intenso dos tallas menos de la necesaria, que ponían de manifiesto y resaltaban más si cabía su sobrepeso. A ello lo acompañaba una camisa blanca, de un “blanco roto” que hacía sospechar sobre su coloro original y lo remataba con un abrigo de paño de color verde, que no podía abrochar. De los otros tres, que en extravagancia no le iban a la zaga, dos parecían árabes, pues vestían lo que se conoce como Dishdash o Khandura y un sobre abrigo medio transparente, que luego supe que llamaban Aba (con una b, en lugar de Abba, grupo sueco); el último, era de raza negra, de un color de piel azabache, apodado “Baltazáh”. A éste, en la oscuridad de los calabozos del juzgado sólo lo podía distinguir por el blanco de los ojos, pues iba vestido a la sazón de negro, en consonancia con su piel. Joulupukki había designado abogado y solicitado un intérpetre de suomi, aunque a todas luces comprendía el idioma, así que me encargué de la defensa

El amor en los tiempos del WhatsApp y un Indiana Jones destartalado

22 noviembre, 2016
Reconozco que sólo la primera vez fue pura casualidad el hecho de que aquellas jóvenes a las que yo doblaba la edad se sentaran junto a mi en la cafetería aneja al servicio de urgencias del hospital Virgen de la Victoria, también llamado Hospital Clínico. Por entonces mi padre llevaba ya varios días ingresado tras haber superado una grave crisis cardiaca. No me equivoco en afirmar que este reducto tiene más afluencia que la pequeña capilla que está ubicada cerca de urgencias, tengo la percepción de que la gente más que buscar un remanso de paz busca un lugar bullicioso que le recuerde que aún hay vida o que aún ellos están llenos de ésta. Allí, las risas, los llantos y los quebrantos comparten el espacio por mitades indivisas. Al principio, bajaba a la cafetería por inercia, por pura distracción unas veces, otras, para tomar un tentempié, pero más tarde la razón por la que bajaba no era otra que buscar la compañía de aquellas dos jóvenes pizpiretas. Necesitaba un espacio para risas, así que agradecí que se sentaran a mi lado, estaba cansada de stern, bypass, dai y cualquier cosa que me recordara donde estaba. –¿Qué dices que te ha dicho? –reclamaba exigente la que entendí se llamaba Carmen. –Tontadas, me pone fotos de donde está –contestó la que portaba el iphone-. –Eso ya lo he visto, te digo que ¿¡¡¡qué te diceeeeee!!!!? Gema sonreía divertida a la par que le hacía muecas a Carmen, en un alarde de prolongar el misterio. –Vaaaaale, me dice que ojalá estuviera allí, y poco más. ¿Tú crees que le gusto?  Carmen la miró de soslayo y le contestó con los ojos muy abiertos un “yo qué sé, ese tío es un memo, un imprudente”. No pude oír nada mas porque justo en ese momento recibí una llamada del Procurador, recordándome que me quedaban escasos días para contestar una demanda en la que a mi cliente, una Comunidad de Propietarios, se le exigía una cantidad importante en concepto de responsabilidad civil extracontractual. El actor en cuestión, persona de avanzada edad, y movilidad reducida, basaba su reclamación en la caída sufrida en un pasaje de acceso a la playa, cuya propiedad imputaba a mi cliente, argumentando el mal estado de las instalaciones, causa eficiente del testarazo que sufrió.  La rampa en cuestión, y donde se produjo la caía, era de una notable inclinación y se encontraba al inicio del camino que llevaba a la playa y que atravesaba todo el conjunto de la Comunidad de Propietarios. A todas luces era evidente el carácter público y no privado de la instalación, lo que pude comprobar tras la oportuna certificación catastral y hojear la escritura de división horizontal del conjunto inmobiliario. También pude observar que la finalidad de aquella rampa, existente al inicio de aquel acceso, no era otra que servir para la circulación de vehículos, dada la existencia de garajes en los aledaños y de locales comerciales.  …  A la tarde del día siguiente y a las