Most liked posts

  • Ofrecemos un trato cercano y personalizado. Confíanos tus problemas y olvídate de ellos.

     

     Sígueme

  • VALORES DEFINIDOS

    Nos caracterizamos  por nuestra honestidad, perseverancia, responsabilidad y eficiencia.

  • PROFESIONALES
    no te defraudaremos

    Contactanos  

1
/
3
/

Si quieres mas información no dudes en contactar conmigo

“No basta con satisfacer a los clientes, ahora hay que dejarlos encantados”

, Philip Kotler

Entradas recientes

Condemor y el príncipe montengrino

4 Septiembre, 2017
Mi muy querido amigo Jorge García Herrero había decidido pasar sus vacaciones en uno de esos idílicos y bucólicos países nórdicos protagonistas de postales navideñas, influido, a buen seguro, más que por el clima por la orografía del terreno, en busca de aquellos recónditos parajes donde hubiera sido rodada más de una secuencia de la famosa serie “juego de tronos”. Claro que no fue el único, mi alter ego, Carmen Carbonell, otra friki de la serie, convenció, (más bien enredó a Ramón), para viajar a Islandia y con ello retar a Paco Rosales a averiguar qué escena había sido rodada en aquella instantánea que nos hizo llegar. Ni Jorge ni Carmen calibraron con exactitud las consecuencias de aquella decisión, guiados como estaban por ese desmesurado ánimo cinéfilo. Durante más de una semana fueron sometidos a unas prácticas culinarias extremadamente crueles por parte de los vikingos, todo ello a base de un millar de variedades de muesli, cereales corn flakes, fruta deshidratada, yogures bio, leche de soja, arroz y avena y aquellos asquerosos arenques embotados en una pasta o salsa que no soy hoy aún capaz de definir sin dar arcadas. Si Cela promocionaba las sentadillas de culo como técnica para limpiar los intestinos mediante la inmersión de aquél en el bidé y aspersión del agua por el mismo culo, los vikingos no iban a la zaga en cuanto a efectividad, aunque su técnica era más depurada y menos invasiva, todo hay que decirlo. El colmo de los agravios culinarios de estos personajes, a diferencia de lo que opinó en su momento Paco, no es mezclar en un crêpe chícharos con tomate, que lo es, sino hacerte participe de la belleza de los renos, esos delicados, tiernos y bellos animalitos, cooperadores necesarios de la red más efectiva de transporte internacional (en un solo día hacen llegar, como saben, millares de regalos a todos los niños del mundo) para luego servírtelos en un plato acompañado de puré de patata de sobre y mermelada de arándanos. En mi modesta y humilde opinión de trotamundos tengo una teoría: las ansias de conquistar nuevos países por parte de los vikingos tuvo su origen en esa necesidad de alimentarse debidamente. Su carácter cruel y despiadado en sus bajones de azúcar. Pero en esas ansias de expansión tuvieron poca fortuna, a mi parecer, pues fueron a recular en las islas británicas, que gobernaron durante largos años con un resultado nefasto para su ¿cultura? gastronómica. ¡Ay, qué distinta hubiese sido la historia si en lugar de aterrizar (más bien atracar) en las islas británicas lo hubiesen hecho en Málaga, Cádiz o Huelva. Jorge y Carmen, en lugar de esos comistrajos, habrían degustado con total normalidad, gazpacho, salmorejo, espetos, tortillitas de camarones, choco, lomo en manteca, zurrapa o jamón joselito. Ahora que, una cosa les digo, les está bien empleado por mofarse de mi, ya que siempre aconsejo llevar en la maleta un cuarto kilo de lomo y jamón, a lo Paco Martínez Soria, pero más sofisticado, por lo

Despertares

11 Julio, 2017
Odio que me despierten. Lo odio. Pero lo que más, que lo hagan a voces. Aquél sonido hiriente, agudo y a la vez distorsionado por el volumen de decibelios, me despertó de un sobresalto. -“Antooooooonio, tate quieto!!!”. Era la voz de una mujer que a buen seguro había perdido no sólo la paciencia, sino también el sentido de la orientación. Me encontraba en el box 2 del módulo de urgencias del hospital Quirón de Málaga, separándome del tal Antonio, situado en lo que pude intuir box 1, una esquelética estructura metálica en cuya parte superior colgaba a modo de separación de estancias una cortina blanca con el emblema del hospital en azul, que habían corrido al lateral derecho de mi cama. -“Ay, hija, discúlpame, ¿te he despertado?. Es que mi Antonio está otra vez hurgándose en la vía y se le va a salir. ¿Qué tal te encuentras?”. A punto estuvo de soltarle en un alarde de sinceridad que era obvio que sí, que me había despertado a mí y a la quinta planta del hospital, pero no podía articular palabra, así que me limité en mi situación a cerrar los ojos a la par que ladeaba la cabeza, elevaba los hombros y realizaba una seña con la boca, en un esfuerzo denodado de prestidigitación para darle a entender que no se preocupara. Desde donde me encontraba pude apreciar que a mi izquierda existía otro módulo o box, separado por idéntica estructura metálica y cortinas, que se encontraban echadas, intuyendo la existencia de algún paciente por el beep que parecía provenir de un electrocardiograma. Frente a mí, aún había dos más, pero éstos sí estaban vacíos pues al igual que mi módulo y el del tal Antonio, tenían las cortinillas corridas a ambos lados. No recordaba cómo había acabado allí, como tampoco si finalmente había acabado el trámite de conclusiones del que se me había dado traslado, pero el ínclito Dr. Gutiérrez Gago, Lucas de nombre de pila, médico del servicio de urgencias, con más años que la Catedral de Málaga y bregado en situaciones críticas, me sacó de dudas. -“Ha sufrido usted un síncope vasovagal, de carácter situacional- aquello sonaba tan grave como lo era su aspecto-. Su cuerpo ha reaccionado ante una situación límite de estrés emocional. Permanecerá en observación hasta que vengan los resultados del electrocardiograma, la analítica de sangre y el tac cerebral que se le ha efectuado para descartar cualquier tipo de traumatismo craneoencefálico. Pero según se refiere en el parte, usted no cayó al suelo, sino que se desvaneció en la mesa del juzgado, por lo que en apariencia y para no preocuparla en exceso, no presenta a simple vista contusión alguna a nivel cerebral, descartando cualquier tipo de traumatismo, salvo ese pequeño chichón en la frente provocada por el golpe sobre la mesa”. No, no estaba mal para terminar aquel mes de julio de 2013, no. Era obvio y meridiano que mi cuerpo gritaba “vacaciones”. -“Antooooooonio, que ta dicho que testés quieeeeeeeto, que

Los zapatos rojos de María Magdalena

1 Junio, 2017
“-Tiene la palabra la defensa para informe.” … Me quedé pasmada, desconcertada, con la mirada fija en aquellos zapatitos rojos que llevaba mi representada acordonados a su tobillo. Vestía un traje negro con remates rojos, simulando un traje pret â porter de Carolina Herrera. Si no hubiese sido por los antecedentes personales que constaban en autos, podría haberse afirmado sin ambages que era la viva imagen de la firma. No había reparado en ellos hasta ese preciso instante, quizás porque estaba tan ansiosa por manejar el debate, las preguntas, concentrarme en los detalles de las respuestas, el lenguaje no verbal…, que una vez que se había desarrollado la prueba reparé en ellos; aunque más bien, no fue sino aquel destello de luz que a modo de refracción se proyectó en los zapatos lo que llamó mi atención. Ese tintineo del reloj del Magistrado en los zapatos me dejó estupefacta y atontada. Y al igual que aquel rayo incidente atravesaba de un medio a otro cambiando su dirección a distinta velocidad, de la misma manera me proyectó a mi a otro momento y en otra dirección… “-Letrada… Vuelva”. Reclamó un tanto impaciente y a la par desconcertado S.Sª. -“Señoría, para interesar una sentencia absolutoria con toda clase de pronunciamientos favorables, en tanto en cuanto consideramos que si bien concurren los elementos del tipo, no así la antijuridicidad de la conducta…”. Mis palabras no eran mías, sino de mi profesor de parte general de derecho penal, don José Luís Díez Ripollés que, con precisión milimétrica y quirúrgica, nos hizo distinguir los elementos del tipo de lo injusto, la antijuridicidad y la culpabilidad dentro del concepto del delito. “Señoras y señores, como dice el gran Cerezo Mir, la concurrencia de una acción o una omisión, la tipicidad, la antijuridicidad y la culpabilidad son los elementos esenciales del concepto de delito. No olviden que estos distintos elementos están en una relación lógica necesaria. Sólo una acción u omisión puede ser típica, solo una acción u omisión típica puede ser antijurídica y sólo una acción u omisión antijurídica puede ser culpable, no lo olviden jamás”. Magda (María Magdalena) había sido imputada por un presunto delito de lesiones causadas a un sujeto en el transcurso de una discusión por la prestación de sus servicios profesionales en el interior de un vehículo, en uno de los pinares más conocidos de Torremolinos. El cliente en cuestión, un ciudadano de dudosa moralidad y reputación y cuya edad, estado civil y nacionalidad no viene al caso, una vez realizado el servicio no sólo no quiso pagar, sino que entablada una agria discusión respecto al cobro, de manera inopinada, sorpresiva, inmotivada e imprevista, sacó un cútter del cual intentó zafarse aquélla, originándose entonces un forcejeo durante el cual resultó lesionado en el dorso y pierna derecha, con varias incisiones de carácter lineal de unos diez centímetros de longitud aproximadamente cada una de ellas, pero de escasa penetración. Respecto a ella, eran evidentes las lesiones en el ojo, equimosis dispersas digitiformes en el

El internamiento no voluntario de Juan Ignacio de Sesmes

12 Abril, 2017
El hedor era insoportable y los 37º no ayudaban en absoluto a paliar sus efectos. El aire acondicionado del juzgado por enésima vez se había estropeado y, en lugar de expulsar aire frío, lo q hacía, amén de ruido, era expandir por toda la estancia aquel nauseabundo olor. Tanto S.Sª como yo demudábamos la faz según el imputado se moviera a diestro o a siniestro en aquel sillón de escay, aunque más que moverse padecía azogue. Dado su aspecto, en el que “desaliñado”, como consignó posteriormente el forense, era un eufemismo en toda regla, llegué a pensar que lo que provocaba esos movimientos involuntarios en él no eran más que las chinches. Algo similar pareció representársele a Don Cosme, titular del Juzgado de Instrucción en funciones de Guardia. Nunca le había visto perder de aquella manera la compostura; cual malabarista, se rascaba el cogote con la mano izquierda, mientras tamborileaba un bolígrafo bic con la derecha y se revolvía en su asiento de arriba abajo poniendo a prueba la ley de la gravedad. Me sostuvo la mirada suplicante, queriéndome decir sin palabras que no hiciera preguntas. Como si yo pudiera concentrarme entre el hedor, los movimientos involuntarios de ambos, aquellos diminutos animalitos de varias patitas que idealizaba por el cuerpo de aquel sujeto y la soflama en la estancia. En un momento dado, para distraerme de aquellos designios, dirigí mi mirada a los dos agentes que de pie lo custodiaban. A su derecha, el más joven, tenía el rostro céreo y mostraba sin pudor cierta basca. El más mayor, rozando la segunda actividad, parecía inerte. En aquellas circunstancias, estaba claro que o cortábamos el interrogatorio o acabábamos siendo atendidos por el 112 por intoxicación de metano u otros gases nobles. Juan Ignacio de Sesmes había sido detenido por un presunto delito de daños, aunque de presunto tenía bien poco. Su hazaña había sido grabada por las cámaras de seguridad del centro comercial aledaño. Pese a lo incómodo de la situación, ajeno a la realidad, contra todo pronóstico, aquel comenzó a disparar e hilvanar palabras sin que sujeto, verbo y predicado tuvieran consistencia y sentido alguno, siendo reflejado todo ello por la tramitadora procesal que ya no disimulaba su angustia y fatiga, llevándose, entre pausa y pausa de aquél, una toallita perfumada a la nariz. Esas pausas también eran aprovechadas por don Cosme, en las que con bizarra intención le hacía ver lo innecesario de continuar el relato, de un lado, y de los beneficios de su silencio en aras a su defensa, del otro (casi me da una alferecía por el juego de palabras). Estaba claro que aquella inmunda criatura no estaba en sus cabales. De hecho, así lo determinó de forma somera el Médico Forense, quien en un alarde de sapiencia recomendó su ingreso en psiquiatría… INFORME MÉDICO FORENSE Clínica Forense, 11 de julio de 1999.  Ante S.Sª comparece Doña Esperanza Martín Gutiérrez, Médico Forense de este Juzgado, quien tras prestar juramento manifiesta:  Que ha reconocido a Juan Ignacio

¿Policía ni en broma?

3 Marzo, 2017
La primera vez que le vi pensé que nada tenía que ver con el Cuerpo. Su sola presencia llenaba aquella angosta estancia en la que parecían revolotear a su alrededor los agentes. Ya lo he contado. Yo acababa mi servicio y la Comisaría, lo que antes era la Inspección de guardia hoy Odac, andaba patas arriba. Una ciudadana de origen sueco se había perdido. Se trataba de una octogenaria con alzheimer. Nadie dominaba la situación salvo él. Quizás esa es una de las cualidades que más destacan en su persona, su capacidad para gestionar conflictos. Su alta dosis de lo que un andaluz diría “horchata en las venas”, que un inglés lo llamaría flema y los de arriba de Despeñaperros denominarían “capacidad resolutiva en situaciones críticas”. Lo cierto es que a diestro y siniestro daba las oportunas órdenes mientras intentaba trabar comunicación con aquella mente oculta. En mi vida he oído sonidos tan desiguales. Pero si me siguen, a estas alturas saben a que historia me refiero. A lo largo de mis casi 26 años en ejercicio he tenido la oportunidad de conocerle mejor. Me vienen a la memoria Jalo, ese enamorado de España, como también Jesús, que no sé si decía ser el hijo de Dios vivo o el hijo vivo de Dios. No estoy segura. (Les debo esta historia). También Teresita, que hoy tendrá treinta y tantos años, quien, según me contó, nació en el asiento trasero de un Simca 1000 (que oigan, si ya es difícil hacer el amor en el susodicho, imaginen espatarrarse y dar a luz…). La zona, por entonces, era hostil a los que llamaban con cierta dosis de desprecio “txacurras”. Teresita no tuvo otra ocurrencia que ser traída al mundo por un “madero” y, a mayor abundamiento, que su cordón umbilical fuese anudado con los cordones de los zapatos del agente en cuestión. El destino es caprichoso y en la mayor de las ocasiones un tanto terco. Hoy Teresa Zubiaga Aldekoa, quien tomó el nombre de la madre del que le trajo al mundo, pertenece a la división antiterrorista de la Ertzaina. Casualidad? No sé, hay quien como Redfield diría que es más causalidad. También recuerdo, al hilo de la historia de Teresa, aquellas carreras automovilísticas, tipo fórmula 1, en la que el premio no era una copa laureada, sino la vida. Lo que vulgarmente llamamos “salvar el pellejo”, no solo el propio, sino el ajeno. Entonces había sido adscrito al grupo de escoltas por eso a lo que he hecho referencia de flema en estado puro. Nadie como él sabía escurrirse como una anguila de entre los caseríos y carreteras secundarias. Antes de inventarse el GPS y los aparatos detectores de radares fijos, él ya disponía de un sexto sentido. Eso le valió una condecoración, silenciosa, pero condecoración se mire por donde se mire. Y sobre todo, lo más importante, la admiración, gratitud y reconocimiento del empresario tiroteado cuyo pelaje quedó intacto. Según me contó muchísimos años después, jamás había visto a nadie vomitar de