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«No basta con satisfacer a los clientes, ahora hay que dejarlos encantados»

, Philip Kotler

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Un hombre gris

23 abril, 2021
Él era un hombre gris, como la canción de Sabina. En los pocos meses que duró el proceso jamás le vi reír, ni siquiera un amago de sonrisa. Su aspecto, su pose, su manera de hablar eran graves, incluso me atrevería a decir que aquel hombre carecía de gracia o donosura. Era correcto, exacto, pero parco en demostrar afecto o agradecimiento. Apareció en el despacho con una abultada carpeta azul que asía bajo la axila como si fuese un apéndice más de su cuerpo. Le invité a tomar asiento y así lo hizo, no despojándose de la carpeta, hasta que se percató de que aún la llevaba bajo la axila en una postura ridícula. Comenzó a hablar con una voz gutural, espectral incluso… -Mi mujer me ha abandonado -dijo mientras posaba con delicadeza la carpeta en mi mesa, como si el contenido de la misma estuviese repleto de fragilidad-. -¿Qué quiere usted decir concretamente? ¿Ha dejado la vivienda sin conocer su domicilio actual? -No, no -creo que se sintió ridículo y el uso de aquel término no era más que la proyección de lo que él sentía, abandono-. Quiero decir que mi mujer me pide el divorcio; según lo que he leído, quiere quedarse en mi vivienda y con nuestros hijos. También una pensión de alimentos para éstos. Aquí tengo la documentación -dijo dirigiendo su mirada y su dedo índice de la mano derecha a la carpeta-. La demanda no tenía desperdicio alguno por los epítetos encadenados acerca de las cualidades de mi cliente. Parecía que los veinte años de matrimonio habían sido una acumulación de ausencias, hasta que leí “mancillar”. Desde luego no se me antojaba que aquel hombre pudiera, con su conducta, deslucir, afear o ajar a nadie, pues francamente pasaba desapercibido. A lo más, sí que daba credibilidad a que era un mueble más de aquella vivienda que había adquirido mucho antes de contraer matrimonio y que había pagado íntegramente merced a la herencia de sus padres. Creí innecesario entrar en el fondo de la ruptura, como se había hecho de contrario, pues a raíz de la reforma del código civil, en el que desparecieron las causas para disolver el vínculo, bastaba como requisito que hubieran transcurrido tres meses desde el momento del matrimonio, salvo, claro que hubiesen existido malos tratos. A eso muchos rábulas, para dar una publicidad tan mezquina como falaz, la llamaban “divorcio exprés”. Ni yo tenía ganas de escuchar las razones de la ruptura ni pensé que él querría entrar al trapo para desmentirlas, pero pese a mis deseos y mi intuición, tuve que oírlas como un mantra del que quiere exorcizarse. -Verá usted, yo entré a trabajar en un hotel de la costa, el Bali, allí trabajaba ella de “gobernanta”. Yo era el conserje. Nos conocimos, nos tratamos y decidimos formalizar nuestra relación. Yo tenía ya mi casa y ella vivía de alquiler. Ni era gran cosa yo entonces, ni tampoco lo soy ahora, pero me sentí feliz de que ella se

Lolo que estás en los cielos

5 diciembre, 2020
Hace poco alguien preguntó acerca de la especialización en nuestro trabajo. Me acordé de un argumento, atribuido en mi subconsciente a una gran fenicia a la que admiro de manera superlativa (Carmen Carbonell): “hay que poner huevos en muchas cestas”, o algo parecido. También de aquello que nos decían nuestros maestros, “cuando terminéis la carrera no penséis que ahí acaba vuestro esfuerzo y estudio, pues nunca dejaréis de estudiar y, sobre todo, de aprender”. Estoy a favor de aprender, de seguir aprendiendo, porque como dijo Forrest “uno nunca sabe lo que puede pasar…”. Especializarse es bueno, pero todo depende de dónde estés y del mercado que tengas. Lo digo porque yo soy abogada de pueblo y mi clientela me exige saber casi de todo. A veces me siento el típico practicante de los 60. Por aquellas fechas yo ya llevaba unos cuantos años ejerciendo y había tocado todos los palos, bueno, todos excepto el derecho laboral y el administrativo que fue odio a primer renglón. Aún no sé cómo logré aprobar ambas asignaturas, supongo que porque Dios se apiada de los seres simples… Recibí la llamada de un señor en apuros, con un acento andaluz muy pronunciado y un deje de desesperación que pude apreciar enseguida. -Es usté la abogá? Mire usté, yo tengo un poblema mu grande. A mi Lolo me lan matao… (sollozos entrecortados), me lan mataaaaaao. El mu sinvergüenza, lo ha sisinao. En ese instante demudé. No pude articular palabra. Habían asesinado a un tal Lolo y ese pobre hombre a quien llamaba era a mí!!!? -Cálmese, ¿señor…? -Evaristo, Evaristo Gómeh, pa servirle. -Evaristo, dice usted que han asesinado a Lolo. ¿Ha puesto usted denuncia por los hechos? ¿Qué relación tenía usted con Lolo? ¿Quién le ha asesinado? Todo en plan muy dramático, no sabéis lo que se ha perdido el teatro con una servidora. -¿Denunssia? No, no. Yo no he puesto denunsia. El Lolo es mi loro, que el de la tienda de aniamleh se lo ha cargao Y yo quiero sabé si puedo reclamarle por los daños y perjuisio. Que el mu sinvergüenza dice que el Lolo estaba retotollúo (excesivamente gordo) y que por eso se ha muerto. Me sentí aliviada, pero también con una inmensas ganas de soltar una carcajada que tuve que ahogar por temor a dañar los sentimientos de Evaristo, que seguía en la letanía maldiciendo los ascendientes y descendientes del de la tienda de animales, incluyendo los colaterales hasta el cuarto grado. -Evaristo, vamos a tranquilizarnos, le voy a dar cita esta tarde y ya me cuenta usted con tranquilidad y con datos qué ha pasado y yo le diré qué se puede hacer. Esa misma tarde, a la hora pactada se plantó en mi despacho Evaristo, pero no venía solo. (He decir en este punto del relato que el hombre, aparte de compungido vestía de un modo impecable, poco acorde a la imagen que me había hecho de él, con un traje de corte Hugo Boss y unos zapatos italianos

El inconcluso divorcio de Paco y Charitrini

22 julio, 2020
-Abogadaaaaaaaaaaaaaa… Abogadaaaaaaaaaaaa… La voz de aquella oronda y desagradable mujer me penetraba los oídos y me producía el mismo escalofrío que a mi colega de “El cabo del miedo”. -No tienes escapatoria, o me aceptas como cliente o caerá sobre la humanidad el peso de tu rechazo -dijo con una voz gutural que hizo retumbar el cuadro de los Pulp Fiction de mi pared. -A ver, Chari -comencé con voz queda pero simulando firmeza-, de qué clase de peso estamos hablando. -Me estás vacilando, abogadaaaaaaaaaaa. Se me heló la sangre. Aquella amenaza no parecía un órdago, un envite, un pulso ni una chulería. Esa desagradable mujer iba en serio. -Esto es muy sencillo -recondujo- o llevas mi divorcio con Paco, o propago un virus de una naturaleza tan letal que va a provocar consecuencias  difíciles de calibrar y a todos los niveles. Casi se me escapa una carcajada, que contuve por miedo a la reacción de aquella previsible mujer. Y es que me recordó, no sé por qué razón, aquella viñeta de Ibáñez en la que el profesor Bacterio ha ideado una pócima nueva y Filemón y Mortadelo luchan por no tomársela. La mente es maravillosa, me dije. Ella, que era una mezcla de Max Cady, Hannibal Lecter y Bacterio; también Ofelia, por aquella permanente quemada y exceso de peso. -Chari, ¿no comprendes que en este caso carezco de imparcialidad? Les conozco tanto a ambos que por razones de naturaleza ético profesional no voy a poder asumir -dije con la misma contundencia que cuando defiendo a un cholo sorprendido en la escena del crimen. -¡¡¡Chorradas!!!, ¡¡¡excusas!! Me importa un soberano pito las cuestiones tuyas de moralidad. Aquí no hay ética profesional que valga. O asumes mi defensa y dejas al Paco en cueros, tieso y sin dónde caerse muerto o no dejo en este mundo de mierda de tuiter un ser humano con vida, al menos la que conocía, con sus fotos de terracitas, vermús a medio día, selfies y buenrrolismo cursi. Menudo órdago. Paco y Charitrini, divorcio. Yo, que había demostrado en redes mi afecto más a Paco que a Chari. Entre otras cosas porque Paco era tonto de manual, pero precisamente por eso se hacía querer. Ella, en cambio, era retorcida, suspicaz, virulenta y con mucha mala leche. Hasta en dos ocasiones había intentado hacerme desaparecer de tuiter y ahora lo que pretendía era destrozar la red entera tal y como la conocíamos. Estaba claro que no iba de farol. Pretendiendo indagar en aquella maquiavélica mente, intenté sonsacarle acerca de la existencia de ese virus, de sus posibilidades de crearlo y de su naturaleza, tan letal como para destruir el mundo virtual como hasta ahora lo conocíamos. -Chari, quid pro quo -solté el latinajo como un impulso irrefrenable, sin valorar que estaba ante una mujer que sabía latín, pero de otro modo… -Cómo diceeeeeees, abogadaaaaa? -Que acepto el caso a cambio de que me pongas en antecedentes de ese virus, cómo ha llegado a tu poder, su propagación

Donde habita el olvido no hay rencor

7 mayo, 2020
Dice la canción que veinte años no es nada. Yo cada vez que oigo este bolero me acuerdo de esta frase que suele decir mi madre: “no era ná lo del ojo y lo llevaba en la mano”. Los primeros quince días de confinamiento  pensamos que sería algo transitorio, pero tras el devenir de los acontecimientos el encierro no sólo fue masivo sino a nivel personal demoledor, y no ya por no poder salir, visitar a amigos y familiares, sino por estar rodeado de noticias de fallecimientos, curvas, contagios… Me resistía a caer y dejarme ir como Alicia hacia una realidad paralela, así que me propuse mantener mi jornada laboral y dedicarme a organizar mi oficina, algo que había ido posponiendo desde hacía años y a asistir a todas las clases online que, desde mi colegio y asociaciones a las que pertenezco, se estaban impartiendo, dada además, la diarrea legislativa producida por la situación de crisis sanitaria. Todo lo que conocíamos y con lo que estábamos familiarizados se estaba modificando a golpe de real decreto ley. Quizá fue el azar lo que hizo que uno de los expedientes en los que me fijé fuera uno de separación del año 1997, pues de manera mecánica iba destruyendo y escaneando sin fijarme en los nombres del cliente ni el contrario. Pero al ver mis anotaciones manuscritas en el expediente fijé mi atención en los nombres de las partes. Yo había sido designada de oficio para la defensa de Ascensión Galindo. Cuando se presentó a mi despacho ambas tuvimos la misma reacción, pero a la inversa. Ella me preguntó por la titular, quedando muy extrañada de que aquella chica de apenas 29 años fuera la abogada designada para su defensa; yo, por el contrario, no salía de mi asombro al encontrarme como cliente con una octogenaria frente a la que se había dirigido una acción de separación. Venía vestida de una manera muy modesta, pero impecable, de un negro riguroso que hacía daño en mi retina, con la cara lavada y con el pelo recogido en un moño. Olía a colonia de bebé que dejó impregnada en toda la estancia. Era natural de Ciudad Real, donde había conocido a su marido, que se trasladó desde Úbeda para trabajar allí como curtidor, trasladándose posteriormente a Torremolinos, una vez que aquél quedó incapacitado de manera total y absoluta. De manera trémula, no supe en un principio si por mi juventud y su suspicacia acerca de mi capacidad, me entregó la demanda y la designación provisional que en mi persona había recaído. -Como verá mi marido insta la separación … perdone, la dejo leer. Leí en voz alta “La esposa, debido a la falta de afecto marital, ha venido ejercitando respecto a su esposo una conducta vejatoria e injuriosa en numerosas ocasiones, viéndose mi principal en la necesidad de presentar solicitud para ingresar en una residencia de ancianos, aunque debido a la larga lista de espera, y en tanto no sea aceptado, sigue viviendo en el

Treinta días…

14 abril, 2020
Treinta días han pasado ya desde que estamos confinados. Se nos ha privado de libertad deambulatoria por una cuestión de seguridad nacional. Con la limitación de movimientos, concentraciones y encuentros se está tratando de contener la propagación del virus a toda la población. Somos vectores de contagio, dicen las autoridades sanitarias. Acabo de descubrir otro matiz de las matemáticas y las estadísticas. El tiempo lo medimos por inercia con parámetros muy básicos, desayuno, almuerzo, aplausos y sirenas -ahí tomo conciencia de que son las 20 horas- y la cena. El día de la marmota prometía más. Para pasar el rato, los psicólogos y gurús del pensamiento positivo (lo mágico pendejo) nos aconsejan seguir unas pautas saludables: comida sana, ejercicio físico, lectura… He engordado dos kilos y medio desde este encierro, el ejercicio físico lo he limitado a tocar las palmas y a hacer largos recorridos desde el sofá al frigorífico y me he empapado de toda la literatura concerniente al pensamiento positivo y a la confianza reforzada. Me siento como Tom Hank en náufrago, pero con vituallas. Lo más emocionante del día y que me hace subir la adrenalina de 0 a 100 es tirar la basura al contenedor con la esperanza de encontrarme a algún ser humano que me salude. Hasta ahora no he coincidido con nadie, ni siquiera con un gato callejero. Han desaparecido las odiosas palomas de mi balcón y los gorriones han abandonado mi terraza, a pesar de que de vez en cuando, no siempre, tiro migas de pan que se quedan petrificadas en el asfalto. Los días tampoco acompañan. Siri siempre me indica la temperatura en Benalmádena, “cielos nubosos con tendencia a lluvia. La temperatura máxima esperada 17º y la mínima 14º;  y nunca yerra. Sería más poético si dijera: “MJ, hoy va a ser otro día de mierda, justo como el de ayer y como el de mañana”, pero el que inventó esta suerte de inteligencia artificial la hizo demasiado educada. Ni siquiera se inmuta cuando le dices, “Oye, Siri, ¿se espera hoy un día de mierrrrrrda?”, porque contesta: “no te entiendo, quieres que te diga qué temperatura va a hacer hoy?”. Lo que me resulta más hiriente son las notificaciones de eventos. “Tiene un nuevo evento”. Me apresuro a abrirlo  con la esperanza de encontrar un aliciente al día y, voila, es un recordatorio de una vista que ha sido suspendida. Hago otra muesca en el calendario. Que el tiempo es relativo lo estoy asumiendo a golpe de echarle paciencia. Claro que luego están los memes de whatsapp y los mensajes de ánimo. El que se lleva la palma hasta ahora y me hizo reír de una manera histriónica fue aquél que rezaba: “yo no salgo a la calle hasta que no vea una tienda de chino abierta, ésta es la señal”. Estuve dos horas en trance. En segundo lugar el de “me salgo del grupo, me volvéis a meter, es por salir un rato”. El cambio de hora fue un alivio, ya