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La venganza de Charitrini, la secuela

29 julio, 2019
Reconozco que no lo vi venir, distraída como iba contestando un mensaje. También es verdad que no era previsible que aquel vehículo parara y diera marcha atrás tan bruscamente. Cualquiera podría haber imaginado que la tracción natural del vehículo era seguir hacia delante en aquella vía de única dirección. No sentí dolor. En realidad, no sentí nada, solo un apagón, como el de un ordenador pero sin musiquita. Tampoco vi túnel, ni luz, ni otras zarandajas. Allí no había nada. Silencio absoluto y oscuridad sepulcral y también, por qué no decirlo, mucha paz. Estuve en ese estado durante un buen rato que no supe calibrar con exactitud y en cuyo transcurso me asaltaron varias dudas: Si no sentía nada, ¿estaba muerta? En caso afirmativo, por qué no veía luces por ningún sitio o familiares que vinieran a por mí? Acaso estaba en el purgatorio? ¿En el infierno quizás? Comencé a tararear una canción de Leiva, esa de “mira hacia el cielo, baja la guardia que pase la tormenta, que no estás solo, que estás de espaldas y no te das ni cuenta…» Pero nada. Aquello no era cosa mía, ni modo, como dirían los mejicanos. Allí no aparecía ni el Tato. De puro aburrimiento me dormí, no tenia qué hacer, ni con quién hablar ni a dónde ir, pues no se veía un pimiento. Un traqueteo violento y un sonido agudo me despertó. Era lo más parecido a un dispositivo sonoro, sí, a la sirena de un vehículo de emergencias. ¡¡¡Eso era!!!!  Seguía sin ver nada, tampoco podía articular palabra y por mucho que lo intentaba cualquier esfuerzo fue en vano. El sonido se fue haciendo más agudo y más cercano hasta que me resultó insoportable. De repente dejó de sonar. Intuí un murmullo ininteligible de gente y a quien parecía ser un agente del orden gritar. Mierda, pensé, no era una ambulancia, debía ser un vehículo de atestados. -“Por favor, retírense. Vayan fuera del cordón de seguridad. ¿¡¡No ven el charco de sangre!!? ¡¡Un poco de respeto!!” ¿¡¡¡Sangre!!!? ¡¡¡Dios Santo!!! Dijo sangre, creí que me volvía a desmayar. Siempre me ha dado aprensión la sangre, pero es que además el agente dijo “charco de sangre”, con lo que aquello era un plus. -Soy el subinspector Ramírez, identifíquese… No pude oír mas porque me desmayé.   -“Veo que ya está despierta. Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico severo con pérdida de conciencia y múltiples traumatismos. Le hemos realizado una RM y afortunadamente no hay coágulos. Estará muy dolorida pero le hemos colocado un chute completo para q no sienta dolor. Pensé en Drogoteca, las drogas al fin y al cabo no son tan malas. Pero no pude expresárselo a quien me hablaba. -“No se preocupe en hablar. Tardará en hacerlo. No hemos podido localizar a nadie, no llevaba usted móvil, así que la policía está intentando localizar a sus familiares”. Maldita sea, pensé. Bueno más bien lo que pensé fue “mecagoenmiputavida”. Pasarían horas hasta que alguien me echara de menos, salvo

Un desahucio, unas cajas y un triunfo

7 junio, 2019
No suelo recordar con la intensidad que debiera todos los asuntos que he tramitado en el despacho, tampoco los de mi vida cotidiana, supongo que debe ser por un defecto en mi memoria ram. Padezco de lo que se denomina “memoria selectiva”, ésa en la que para que algo quede retenido en ella me impacte, puede ser un olor, una comida o un gesto… Sin embargo, ahondando en ello, he descubierto que no soy nada especial, porque ya Einstein habló del tema al manifestar que sólo lo que nos emociona, no importa si son alegrías o disgustos, no se olvida. Al parecer, el cerebro retiene esas situaciones porque la emoción que las acompaña activa las regiones implicadas en la formación de las memorias, como el hipocampo y la corteza cerebral. Además, la liberación de hormonas como la adrenalina contribuyen a reforzar la memoria de las situaciones emocionales. En septiembre de 2000 acudí por primera vez a un lanzamiento, la primera y la última, también he de decirlo. No resulta nada agradable encontrarte a bocajarro con el dolor, el desgarro, la desesperanza, la frustración, en suma, que era lo que yo imaginaba que me iba a encontrar. Se trataba de un pequeño apartamento situado en una segunda planta sin ascensor de un conjunto residencial construido en la época del boom inmobiliario, aproximadamente en el año 1975-79 en Benalmádena, a pocos metros de la playa. Es la época en la que abren hoteles como el Barracuda, Playa retiro, el Hotel Castillo Santa Clara… El conglomerado, en su origen un hotel turístico, sufrió la reconversión y devino en una suerte de apartamentos, tipo estudio. A las diez de la mañana nos presentamos la pequeña comitiva judicial formada por dos agentes, el Procurador y yo, auxiliados de dos policías locales y un cerrajero. Franqueando la puerta, nos estaba esperando una señora que rondaría los cuarenta y tantos años largos. Había recogido unos pocos enseres dejando en el recibidor varias cajas que contenían libros, fotografías y lo que supuse eran artículos de souvenir. El ambiente que se respiraba daba un poco de grima, supongo que por mi predisposición. Disponía de un pequeño salón con cocina americana, baño y una habitación. El salón como estancia principal estaba decorado con cartas astrales, imágenes de magos, druidas y velas. Las estanterías, las pocas de las que disponía la vivienda, se encontraban vacías de libros, pero con imágenes religiosas que daban a la estancia un ambiente tétrico, tenebroso. -Buenos días. Venimos del Juzgado. Como sabe, tenemos que levantar acta para verificar si existen daños en la vivienda, proceder al cambio de cerradura y entregar la posesión al arrendador, propietario de la vivienda… En éstas, el cerrajero ya había comenzado a quitar varios tornillos y estaba mano a mano con el bombín de la cerrdura. -Si, les estaba esperando… Es lo único que dijo Amelia a media voz. No era necesario cambiar la cerradura, tenía aquí el juego de llaves para entregarlo, dijo en un tono tranquilo y pausado. -Bueno,

La ruptura de Paco y Charitrini, las nuevas tecnologías y la rotura de un himen.

4 abril, 2019
Mi abuela solía decirme que hoy los matrimonios no se aguantan nada. Era una mujer muy creyente, aunque a mí más bien me parecía que estando en el ocaso de su vida tenía necesidad de creer. Solía compartir mis inquietudes con ella, pues tenía un sentido común intacto, aunque su cuerpo no le obedecía. Según el médico, el cuerpo tenía fecha de caducidad y el suyo estaba ya muy cascado. Yo entonces tenía el despacho junto a su domicilio, éramos vecinas y, casi siempre, manteníamos las puertas abiertas más que nada para que ella supiera que estaba allí. Solía interesarse por cuanto sucedía a su alrededor. Yo me nutría de su experiencia de vida y ella de mi inocencia al enfrentarme con mi quehacer diario en el despacho. Con frecuencia me arengaba sobre el honor que representaba la toga y el respeto a los demás. Lo que más le preocupaba es que en mi acometido diario pudiera hacer un daño intencionado a las personas que confiaban en mí. Eso, decía, era algo que era imperdonable, quebrantar la confianza de los demás. -“Niña, un espejo, cuando se rompe en pedazos, lo puedes recomponer, pero al mirarte, siempre verás esas grietas. Eso representa la conciencia”. Era un tanto Calderoniana. Creo que en eso he salido a ella. Pero no se equivoquen, no es que pensara que lo que Dios ha unido no ha de separarlo el hombre. No. Sino que, veía con bastante escepticismo la razón por la que la gente decidía cesar su vida en común. Cuando yo le argumentaba que en la mayoría de las ocasiones podía deberse a un bache económico se reía más. -“¿Bache económico?, qué sabrán esos infelices lo que es un bache económico. Cuando tu abuelo y yo nos vinimos a Málaga apenas teníamos para dar de comer a tus tíos y a tu padre. Vivíamos en una casa que a menudo había que decorar con cubos porque había más agua dentro que fuera. ¿Sabrán esos lo que es tener que poner a tus niñas a servir con siete años? ¿Y las cartillas de racionamiento? Antes no había ayudas sociales, ni comedores de ésos. Si ni las monjas tenían nada que ofrecer, salvo el consuelo… Tonterías, tonterías…” Peor era cuando le argumentaba que se habían dejado de querer como marido y mujer. Creo que ahí es cuando más chocábamos. -“Pero niña, tú crees que yo he estado enamorada de tu abuelo?” Yo ponía cara de pócker… -“Abuela, tener siete hijos, al menos, presupone que sí”. -“Tonterías, el amor está sobredimensionado. Cuando tú decidas casarte busca un compañero, alguien con quien compartir tu vida. Que te respete, con el que te complementes y tengas un fin común”. Ahí es cuando en realidad la sacaba de quicio. Yo era más de Jane Austin y ella de un pragmatismo que apabullaba. -“Abuela, eso que tú dices lo tengo con un perro”. -“Zarandajas, el amor no trae más que problemas, niña”. La cosa subía de tono cuando le recordaba la
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In memoriam

14 febrero, 2019
“El Señor es mi pastor; nada me falta. En verdes praderas me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos; has vertido perfume en mi cabeza, y has llenado mi copa a rebosar. Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré”. Salmo 23,2-3.   En memoria de un belga en apuros que conquistó el corazón de esta humilde servidora, abogada de pueblo y de causas perdidas.     Los clientes en un despacho vienen y van. Sin embargo, a otros los adoptas como parte de tu familia. Tienen tanta confianza en ti que, en cuanto les surge cualquier contingencia adversa, por minúscula y trivial que sea, te preguntan, te consultan cual confesor espiritual. Ese fue el caso de Jean Pierre, con el que seguí manteniendo el contacto tras los años. Y créanme que era un caso especial, porque siendo como era desconfiado por naturaleza, valoraba más si aún cabía ese acto de fe que siempre hacía conmigo y que le acompañó hasta el final. Hablaba de la tierra como un auténtico irlandés, por ella trabajaba y luchaba, porque pensaba, como también lo hacía el Sr. O´Hara, que la tierra es lo único que perdura. De ahí que, tras el fallecimiento de su esposa, la única preocupación que le azotaba sin descanso era el destino de aquel trozo de terreno por el que tanto había luchado. De su matrimonio había habido descendencia, una hija, a la que nunca tuvo el placer de conocer porque apenas les visitaba. Ignoro qué pudo ocurrir entre ellos para que aquélla no mantuviera lazos afectivos algunos, porque Jean Pierre era bastante introvertido en ese tema. Sin embargo, tras la muerte de su esposa sí me dejó claro que a su hija no le importaba un pimiento aquellas tierras ni la casa que con sus manos levantó. Que sólo muy de cuando en cuando les visitaba, pero siempre movida por pretensiones ajenas a echarles en falta o por añoranza, sino crematísticas. Lo decía con cierto dolor, sin un deje de ironía. -Letgggada… (nunca me llamó por mi nombre, ahora que caigo, pero no por ello al pronunciar esa palabra dejé de notar afecto, respeto y mucho cariño) qué puedo hacegg? Acudía abatido, derrotado por los acontecimientos inesperados. Siempre pensó que se marcharía antes que su esposa y no encajó bien con Dios aquella ironía del destino. No sabía ciertamente si con ese “qué puedo hacer“ se refería a la soledad en la que le había dejado la ausencia de su mujer o, más bien, su cuita iba dirigida al campo de lo pragmático, a la apertura de la sucesión, si es que había

La detención del Rey Baltazá

21 diciembre, 2018
-“Este es el servicio automático del servicio de guardias y asistencia a detenidos. Se ha intentado contactar con su teléfono a las 05.35 del día 04/01/2017. Le rogamos que se ponga en contacto con Policía, Brigada de Extranjería y Fronteras del Aeropuerto de Málaga”- sonó una alocución en medio de la madrugada. Debía de ser un error, porque no recordaba que estuviera de guardia ese día, así que eché mano del ordenador, de la tarjeta criptográfica, del lector y, voilá, no estaba de guardia. No obstante, desvelada por el error, contacté con el aeropuerto para notificar que el programa había cursado una solicitud a un Letrado que no era el designado para la guardia. -“Aquí extranjeros, al habla el inspector Cursac… No, no está usted de guardia, ha sido designada expresamente por el extranjero que está aquí retenido. Dice llamarse Baltazá, desconocemos nacionalidad, ha sido interceptado en el control de frontera al portar en la maleta un objeto con una sustancia viscosa desconocida que ha sido entregada a policía científica para su identificación, análisis y pesaje. Estamos preparando el atestado, procederemos a incoar expediente de iniciación del procedimiento preferente de expulsión e interesaremos como medida cautelar el internamiento en un CIE… No, no, no acredita domicilio fijo o estable conocido en España, no, tampoco arraigo. Alega, eso sí, una causa excepcional a tener en cuenta que permita valorar otra consideración diferente a la expulsión, sí, pero eso ya lo tratamos cuando usted se persone, Letrada”. Esto último lo dijo con cierto retintín, que me pareció hiriente e innecesario en esos momentos. Mi sistema nervioso no estaba preparado a esas horas de la madrugada para procesar información alguna, era incapaz de elaborar una respuesta motora y mental adecuada, así que me limité a decir que estaría allí lo más pronto posible. Estaba claro que la acción de la “sinapsis neuronal” en la transmisión de la información en mi caso era de inhibición, pues estaba totalmente bloqueada. Es más, no tenía almacenado en mi sistema nervioso información alguna del tal Baltazá, porque al único que yo recordaba en esos momentos era a un Rey negro, al que solía escribirle todos los años… Baltazá usaba una vestimenta algo peculiar, parecía sacado de la modista Sara Luque; llevaba un traje de seda color mandarina con tiras bordadas en dorado y una capa damasco en color marfil y capelina blanca. Habría jurado allí mismo que el personaje en cuestión no era ni más ni menos que un actor contratado por la Concejalía de Fiestas y el presidente de la Agrupación de Cofradías de Málaga para salir en cabalgata, pero la cara  avinagrada del instructor no me dio pie a hacer derecho creativo ni a lo zaino. Y si caricaturesca era su apariencia externa, lo que argumentó después no le iba a la zaga en esperpéntico. Baltazá provenía de Oriente, pero era incapaz de recordar, después de 2017 años de vida, el lugar concreto de su origen. Argumentaba ser Rey y rey Mago, lo que añadía